Archivo de la categoría: Polis choyera

La pregunta obligada y la respuesta olvidada

La pregunta obligada y la respuesta olvidada

Homero Francisco

4 de julio de 2011

En el marco de las actuales políticas y polémicas en torno a la lucha contra el crimen organizado, se han ensayado múltiples hipótesis a favor y en contra de las decisiones que se han tomado para hacer efectivo este combate; más allá de las 40 mil muertes- para algunos “normalidad” y para otros cifra que raya en el genocidio- cabe hacer una pregunta desde una perspectiva diferente: ¿Porqué el motivo de unos y otros para consumir la droga o asesinar a un semejante?

Esta y otras preguntas, se constituyen sin duda en un referente obligado para comprender- o al menos analizar- las causas del problema en ciernes; sin embargo, la pregunta principal constituye un parto doloroso  para el sujeto en tanto se desenvuelve en una sociedad: ¿quién soy? y ¿qué aspiro a ser?. El ser, ese pequeño bichito explicado a la manera de Descartes, es parte de aquello que nos mueve en nuestro círculo social; es parte importante de nuestro lenguaje, actitud, hábito, causa y consecuencia.

Más allá del problema que se pueda constituir en las políticas de combate al crimen el alarmante aumento de las cifras negras- y la correspondiente negrura de las mismas-, la violencia implica una metáfora que va más allá de las meras desapariciones físicas: la des-vinculación del sujeto inserto en la sociedad. Claro reflejo es el ejercicio pavoroso de descuartizar al sicario o colgarlo de un puente, o el sembrar armas a ingenieros o estudiantes de posgrado dándoles papeles que nunca se esperarían en vida; la negación, así, viene por partida doble,ya sea por los códigos de lenguaje establecidos por el narco o por las omisiones discrecionales del Estado diluidas en “bajas colaterales”, “cifras”, simples estadísticas.

Como consecuencia, el asesinato va más allá de la ausencia temporal y espacial; junto con el sicario o el estudiante o el ingeniero o el militar se va el Ser al que podía constituir-se o retro-alimentarse de otra manera, que aun podría ser rescatable. Parte de la reivindicación exigida en este tenor ha sido recogida por movimientos sociales de diferente envergadura; quizás no sea casualidad que un humanista (Javier Sicilia) haya plasmado, mediante el pacto de Ciudad Juárez, el estar en contra del olvido y la des-vinculación.  En una entrevista concedida por el poeta a La Jornada, él cita que su movimiento va más allá de lo meramente político, tomando como punto de partida la relación entre seres humanos.(1)

Así, ¿porqué no incluir dentro del debate hermenéutico sobre el problema la importancia del rescate del Ser? Más allá de los maniqueismos dignos de una cinta de western sobre “buenos” y “malos”, hay algo que nos une y es común en cuanto seres humanos: la posibilidad- traducida como experiencia- de hacer camino al andar, y escoger, sobre la marcha, el sendero que determinará hacia donde vamos en tanto que somos. Aunque las señales ominosas mandadas por la tecnocracia en ciernes con la reforma de la RIEMS y la prohibición de facto de la filosofía y las humanidades constituyan una posible limitante, aun es posible plantear este rescate.

Otro post más desde las costas de la Península Barataria.

(1) Petrich, Blanche. “No me arrepiento del abrazo a Calderón; esto no nos iguala: Sicilia”, en La Jornada, 30 de junio de 2011. http://www.jornada.unam.mx/2011/06/30/politica/010e1pol

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2002

Alguna vez, en medio del camino

debí preguntarme a mí mismo

qué es la madurez.

 

No recuerdo cuando,

pero recuerdo donde

me hirió por primera vez la duda

como gusano de seda,

como mosca taciturna

o como chispa que arde.

 

Era un embarcadero de Janitzio.

Ahí los primeros locos de la tierra

vendían su lengua y su esencia

al peor postor,

enajenado de Big Brother y Televisa

o diácono de las frivolidades

patrocinadas por Oscar de la Renta.

 

¿Qué es la madurez?

¿Es el simple invierno de los cabellos,

el otoño de las ideas,

el verano de los achaques?

¿Es perseguir en las barricadas y el Ché

un sueño, una utopía, una ilusión,

para claudicar despotricando hasta contra el SME?

¿Es el anteponer

la experiencia sensible

a la que se pide en las páginas del periódico?

¿Es el levantarse cada día

en un eterno deja-vú

interrumpido por la ambarina claridad de los sábados

y las secuelas de los domingos?

 

Lo descubrí, en la pureza de escuchar

un “te-amo” en lengua purepecha

que quizás la vida,

la madurez auténtica es sólo canto.

Canto que está, cada día flotandi entre nosotros

sobre el carmesí que disfraza

la carne desnuda

del falso pudor de las ciudades,

sobre lo más sórdido de la guerra,

sobre la aparente felicidad

de la puta y del borracho,

sobre lo gris de los noticieros,

sobre lo pálido del desempleo,

sobre el negro de la desesperanza.

 

El canto de la vida, en mil idiomas disperso

puede oirse

si le arrancamos jirones de plata a la luna

y a modo de caracola,

traducir la cacofonía de la torre de Babel.

Si lo logramos,

quizás no seamos más “maduros”

pero sí más diferentes.

 

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El “vender” las humanidades

El “vender” las humanidades

Homero Francisco

La Paz, 22 de febrero de 2011

Quizás no descubra el hilo negro (y no es intención evidente hacerlo) cuando se habla de la enorme influencia que han ejercido las redes sociales –desde su influencia en aristas tan personales como las relaciones humanas hasta en últimas fechas en el orden geopolítico y social del mundo-La simple explicación salta a la vista del espectador moderno, ese demiurgo post-platónico que con una frase, un twit o un “me gusta” se configura una interpretación del mundo, y oferta a su otredad, al que está del otro lado de la pantalla una segunda navegación, un horizonte donde se pone en juego la levedad de la vida, expresada en las variadas maneras del lenguaje.

¿Cuál es la ventaja, la oportunidad que es inherente a los fenómenos de Facebook y Twitter? Mientras en medios como los blogs la interacción de una manera más bien mediata y no tan simultánea, en las redes sociales el debate se genera no solo en tanto que interacción, sino en términos de puntualidad, de juegos de lenguaje-parafraseando al buen Wittgenstein- y en un tiempo donde no hay antes ni después, sólo presente. ¿Esto no es similar a las andanzas peripatéticas de los grandes pensadores griegos por explicarse su realidad?; la característica de las ciencias humanas al respecto es que su indagación supone interacción que es, en la oralidad o en la escritura, de manera in-mediata y concisa; citando a Gadamer, hay textos que son susceptibles de hacerle preguntas (¡y hasta responderlas!), y por supuesto, de esta conversación, se espera una sensación de llenura metafórica, semejante a la producida por la satisfacción del alimento o la buena compañía. Y el “me gusta” o el twit no son tan ajenos a esta llenura, en tanto que se transforman en viandas dialécticas, en carnada donde el uno se inter-relaciona con el otro mediante la idea.

¿Cuál es entonces, la naturaleza de la transmisión de los conocimientos hoy en día? Actualmente se rompen lanzas mayormente por la inmediatez, por el aprendizaje gráfico sobre la sutil comprensión, el predominio de la forma sobre el fondo; obsérvese como ejemplo la manera en que se hacen los trabajos escolares- a los de nuestra generación y mucho antes correspondía el ceremonial de ir a la tiendita de la esquina por la monografía o la estampita de Benito Juárez, por decir algo, mientras que hoy el niño con la facilidad y la rutina del copy-paste ejecuta de diferente manera el mismo ceremonial- pero, ¿el proceso de comprensión y cuidado es igual? En una sociedad dominada por el laissez-faire (dejar hacer y dejar pasar) de la cotidianeidad es en apariencia natural; en vez de constituir un obstáculo para el ceremonial de la enseñanza-aprendizaje, esto supone una segunda navegación.

Desde el discurso llano de los primeros filósofos hasta la expresión escrita en voluminosos tratados, la filosofía y las humanidades se han “vendido” de diferente forma- dejando de lado la connotación peyorativa que podría sugerir la frase- en las diferentes etapas de la sociedad; ¿será la segunda navegación de las redes sociales, dada su característica de erigirse en interacción para llegar a dilucidar su entorno, una manera de hacer filosofía en pleno siglo XXI? Quizás Facebook y Twitter, sirvan, dado el impacto en fenómenos como la “revolución de los claveles” norafricana, como una útil y sutil herramienta para impulsar al joven a la corrupción más pura y bella: la socrática.

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Metáforas de un tiempo (frente a la ventana)

Metáforas de un tiempo (frente a la ventana)

Homero Francisco

Guadalajara, 17 de enero 2011- Todos Santos, 23 de enero 2011

¿Qué se espera ver frente a una ventana, sino es la cotidianeidad en un primer plano? Como San Agustín, donde el tiempo no es ni ayer (porque ya pasó) ni mañana (porque aun no viene); aparte de la pregunta por la naturaleza de la ventana, se viene otra obligada: ¿es lo mismo un octavo piso (lo que se ve en estos momentos) que un primero, vista a ras de cielo y de suelo?

1

Frente a la ventana de una anónima habitación del último piso de algún hotel de Guadalajara, se observa un barrio donde borrachines y mujeres taciturnas protagonizan -en algún lejano bar-la noche de la antigua zona tabú de la ciudad, San Juan de Dios. Son las doce de la madrugada y, como hongos, estos héroes del asfalto horadan la calle donde pacíficos ciudadanos imponen su ley al amparo de la luz del día.

2

“La perla tapatía”, a pesar de los crecientes tufos de modernidad, sigue siendo en algunas zonas una ciudad hasta idílica, y prueba de ello son los muchachos que tatuan y se tatuan en el devenir de la calle Independencia cuando clarea el alba. Con besos erigidos en tinta y con caricias en papel, soy testigo privilegiado de esta epifanía. Más allá, una anónima bocina da la bienvenida al nuevo día.

3

En la azotea de otro hotel contiguo, una camarera regordeta toma una inmerecida siesta cuando son las once de la mañana, y tres casas más allá un sujeto de unos cuarenta años con una camiseta del Atlas echa una larga meada; ¿estos personajes estarán curados del antrax de las ciudades, esa estúpida enfermedad que es el anonimato? ¿ellos son, o se dejan ser?

4

Pero desvarío: ¿qué se ve en el primer piso? algún botones con nombre, mas no con apellido, da los buenos días de una forma casi maquinal, y otra burocrática recepcionista se pelea con un invisible e implacable jefe; Parafraseando a Octavio Paz, el mexicano es experto en hacerse máscara – y en ser máscara- el problema es, como en el mito, cuando la máscara se queda en el inseguro rostro definitivamente.

5

Algún chiflado- que ha superado su máscara en deus ex machina- desvaría en lo que haría si, como en los antiguos carnavales, los locos tuvieran el mando; el, sin saberlo, se erigió en superhéroe- y en superhombre a la manera de Nietzsche- cuando un día antes, el periódico La Jornada documentaba como toreaba a los trenes en algún riel sin nombre. El octavo piso, es una metáfora de la otredad; el primero, un reflejo de la mismidad. Como en un deja-vu, en algún anónimo estereo suenan las siguientes estrofas del grupo Luzbel:

“Y si te acercas al fuego verás salamandras volar,

vienen sangrando recuerdos y así el sueño llega a su fin,

y si le temes al fuego, y si no entiendes el juego, y si no quieres morir,

te dolerán las estrellas y pedirás a los cielos una oportunidad”

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De Teresa Mendoza a El Ponchis: lenguaje y significación en el narco

De Teresa Mendoza a El Ponchis: lenguaje y significación en el narco
Homero Francisco
10 Diciembre 2010

1

El primer contacto personal con la palabra “narcotráfico” y sus posteriores avatares, se remonta más o menos al verano del 2003, cuando comenzaba a inocular en el autor el vicio de la lectura. En el escaparate de la entonces Libros and Books -hoy Librerías de Cristal- se exhibía un autor que hasta ese momento no era tan conocido en el medio comercial de la literatura: Arturo Pérez-Reverte y su reina del sur, la inconfundible Teresa Mendoza.

En La Reina del Sur, es curiosa la metamorfosis del personaje principal,que pasa del rol clásico de la mujer que subsiste en condiciones de pobreza hasta convertirse en un elemento de peso en la metáfora del crimen que propone Pérez-Reverte, en una Culiacán ficticia, pero no por eso menos real. La parte que rescato de la obra, más allá de las vicisitudes de Teresa en el sub-mundo de la delincuencia organizada, es su encuentro en las cárceles españolas con su alter ego, Patricia O´Farrill, quien, en medio de una relación amor-odio, la introduce a un mundo alterno al que una muchacha de origen humilde y casi nula escolaridad podía aspirar : al de la lectura.

Así, La reina del sur se desdobla no sólo en la matrona del bajo mundo del narcotráfico, sino que adquiere otra corona: la de ella misma; titubeante primero, y de forma fluida después, Teresa Mendoza empieza con los libros clásicos, referente obligado para una cultura general, y luego encuentra una “identidad” como lectora. Es de llamar la atención una reflexión que el autor pone en labios de Teresa respecto a la naturaleza del lenguaje y sus múltiples interpretaciones:

“No hay dos libros iguales porque nunca hubo dos lectores iguales. Y que cada libro leído es, como cada ser humano, un libro singular, una historia única y un mundo aparte”

¡La Reina del Sur encarnada en Cratilo! Al igual que en el diálogo platónico, ella propone a su manera una construcción del mundo, a partir de un diálogo hermenéutico con las palabras y sus significados. Como Gadamer, ella propone que el texto puede hablar si nosotros tenemos los arrestos y las valentías- así en la coca como en el pisto- para preguntarle. ¿Esto no es una bofetada al maniqueísmo propuesto por Felipe Calderón y sus esbirros, en el contexto de una ficticia guerra contra el narco? ¿El Chapo Guzmán podría ser el filósofo de Badiraguato? Valdría la pena hacerse esta pregunta, creo. Si el Cochiloco en la película El infierno es capaz de establecer que “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”-explicación no tan obvia si se le analiza a fondo- ¿qué se puede esperar de alguien que tenga astucia y medios para explicarse de otra manera al mundo?

2

En 2006, la revista Proceso – actualmente vilipendiada por hablar de lo que se debe callar según la lógica de Televisa- publicó una de las primeras evidencias de que el estado mexicano se hallaba en una nueva problemática: la nota de que seis personas habían sido decapitadas en Michoacán y sus cabezas arrojadas en medio de una pista de baile. La reacción inmediata fue de pasmo en “el país de no pasa nada” y, naturalmente, el de satanizar al semanario por el exceso de lo gore del momento. Aunque, tiempo después, el discurso del odio promovido por la derecha y un Felipe Calderón falto de ideas y propuestas habría un enemigo público número 1.

El único merito que se le puede atribuir en este sexenio al gobernante en turno, va más allá de los ninis, los desempleados del SME y los caídos en una conflagración sin ganador por decisión unánime. Como candidato primero, y como presidente después, Calderón ajustó su estilo de gobernar a la reflexión de Wittgenstein en el Tractatus:

“Las palabras son como manivelas, que hacen posible diversas operaciones; es como decir que un bastón puede ser usado como palanca; solamente el uso, el modo de ser usado, lo hace ser palanca”

Al promover la idea de un peligro para México en la persona de AMLO, Calderón en realidad se refiere a miles, a cientos de mexicanos cuyo único pecado fue el de haber pedido-para disgusto del establishment- transparencia, el quitarle el traje al emperador que de por sí ya estaba encuerado. Ahora imaginemos, con la credibilidad del panismo por los suelos, se buscó un nuevo molino de viento contra el que un remedo de Quijote pudiera luchar. Y ese molino fue el narcotráfico. ¿Y cómo logró consolidar dicha empresa? ¡Mediante el lenguaje!

No es casualidad que en el sexenio en turno se hayan cambiado, para disgusto de la academia popular de la lengua, algunas percepciones y palabras para ajustarlas a los intereses de la violencia legitimada por el estado: daños colaterales se les llama a familias acribilladas por la negligencia militar, bajas es la población civil víctima de daños físicos y morales, el “vamos ganando aunque no lo parezca” como reflejo de una esperanza-al estilo del michoacano- “haiga sido como haiga sido”.

¡Y pobre del que se anime a cuestionar el sofisma del calderonato! Enrique Krauze publica el 23 de marzo de 2009 en el New York Times el siguiente editorial:

The Mexican print media has not been entirely helpful either. Of course, freedom of press is essential for democracy. But our print media has gone beyond the necessary and legitimate communication of information by continually publishing photographs of the most atrocious aspects of the drug war, a practice that some feel verges on a pornography of violence. Press photos of horrors like decapitated heads provide free publicity for the drug cartels. This also helps advance their cause by making ordinary Mexicans feel that they are indeed part of a “failed state.”

Esto palabras más, palabras menos puede interpretarse así:

“Los medios impresos mexicanos no han sido enteramente amables al respecto. Por supuesto, la libertad de prensa es esencial para la democracia, pero nuestros medios impresos han ido más allá de la comunicación necesaria y legítima de la información al publicar continuamente fotografías de los aspectos más atroces de la guerra contra las drogas, una práctica que algunos sienten al borde de una “pornografía de la violencia”. Las fotos de la prensa de los horrores como las cabezas decapitadas proveen publicidad gratuita para los carteles de la droga. Esto también ayuda al avance de que los mexicanos ordinarios sientan que están formando parte de un “estado fallido”” .

3

Sin embargo, y para desgracia de los mexicanos, la inevitable realidad está rebasando el mero optimismo oficialista respecto a las acciones tomadas para el combate a las drogas. Con el apogeo de las redes sociales- Twitter y Facebook-, así como de su hijo putativo Wikileaks, las fuentes de siempre han visto minado su monopolio de la verdad ante quienes-parafraseando a Kant- han ejercido una crítica de la razón violenta. Esto contrapuesto a un fenómeno significativo en últimas fechas: el uso del lenguaje para apoyar una visión del mundo al estilo western de los buenos y los malos (los feos no los cuento porque la estética es relativa al espectador).

La muerte de Arturo Beltrán Leyva supuso, dada su difusión en los medios, un hito y una metáfora de lo que sería la guerra calderónica-el pasar por encima de quien se tuviera que pasar- la saña reflejada en el cuerpo baleado del capo y adornado con billetes de alta denominación. Un ser que comió, bebió, amó, mió y hasta cagó- si se me permite esta palabra- reducido a trofeo de guerra, pagando por su crimen. Ojo: no estoy discutiendo la naturaleza de los actos de esta persona, pero habría que cuestionarse lo siguiente: ¿cómo tratar al ser humano que no es naturalmente bueno ni malo?

En otro tenor, se encuentra el caso de Edgar Jiménez Lugo, el Ponchis, un mini-sicario de apenas 14 años de edad que, con toda la tranquilidad del mundo, confesó haber mutilado por lo menos a 4 personas bajo el influjo de las drogas. En una sociedad que acepta la exhibición morbosa como manera de etiquetar al individuo- de ahí el éxito de los teletones como simulación de la virtud- el caso del Ponchis supuso terreno fértil para los juicios a priori sobre los a posteriori. Inclusive, el hecho de mostrar al mini-sicario ante los medios, supone el rebasar una barrera entre lo que se debe conocer de la nota y los derechos individuales del afectado.

Contraponiendo las dos visiones del problema del narcotráfico y de la delincuencia en general, se puede deducir el pie del que cojea la política antidrogas: el de carecer de razón desde un punto de vista hermenéutico. Por más que pataleen los Krauzes y demás apologistas del gobierno en turno, la violencia va más allá de un mero problema de percepción y de maniqueísmos del pasado, y su fundamento implica el que también paguen justos por pecadores, lo que presupone algo cercano al genocidio. Si Pérez Reverte en La reina del Sur, nos mostró que Teresa Mendoza tenía la capacidad de cuestionarse su entorno a través de la lectura, ¿no es esta una opción para deponer las armas y, literalmente, romper lanzas por la construcción de una nueva concepción del mundo a través de la imaginación? Citando al profesor universitario, en este sentido quizás tenga mayor virtud un Chapo Guzmán que se conduzca con inteligencia en el submundo del crimen organizado que un Felipe Calderón, cuya único leitmotiv es el “haiga sido como haiga sido”.

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Elecciones a la carta I: Desde el partido en el gobierno

Como los lectores de este espacio seguramente saben, en febrero próximo se celebrarán elecciones en el estado, donde saldrá el siguiente gobernador de esta tierra; no voy a tocar el tema de las pre-campañas del PRD o la salida de Leonel Cota de este instituto político o la posibilidad de una alianza opositora, sino que el pretexto valdría más para otro problema de diferente índole: ¿qué se puede esperar de candidatos y personajes que han aspirado por lo vacuo o simple?

El problema que enfrenta el PRD en tanto que partido de izquierda es, a mi juicio, el del agotamiento de un discurso justificado en “el proyecto del 99” o “la unidad y continuidad del estado”. (¿Si gana el PRI desaparece la Baja California, o por qué hablar en términos más dignos de química que de política?); y más allá de los actos que se le imputan a las administraciones recientes, hay otro problema intrínseco: la falta de una coherencia ideológica y hermenéutica con un proyecto de estado.

Pongamos un ejemplo de mala hermenéutica en las campañas: en diferentes bardas y calcomanías de las principales localidades del municipio de La Paz se promociona un tal De La Rosa con el lema: “Añorando La Paz” junto a una bandera de off-road. Aquí cabe analizar lo siguiente:

1.- ¿Cómo conjugar la añoranza (elemento de pasado) con el off-road (elemento de presente)?

2.- ¿No cabría un término más contundente que el de simplemente “añorar”, dada esta contradicción dialógica pasado-presente? Se me ocurre el verbo “construir” o “consolidar”, más coherentes con una idea de la modernidad.

3.- En algunas propuestas, se apuesta por el (ab)uso del neologismo “team”, y aquí el dilema hermenéutico. ¿No es esto excluyente para los votantes que no simpaticen con la idea del off-road o simplemente, por cualquier deporte?

Esto es, a grandes rasgos, una constitución bastante vacua para alguien que aspira a dirigir los destinos de una determinada región. Igual podría decirse de quien cree que La Paz es un libro nuevo de una mano narcisista o del que presume, cual canción de Yuri, de “mejores días” si es el elegido. De antemano, lo que se supone que en política debe ser diálogo, se degenera en monólogo, en imperativo. Más mercadotecnia que corazón, pues.

El aspecto que el PRD, la izquierda por antonomasia en México debió consolidar, no sólo desde NAM, sino desde Leonel Cota, es la formación de personajes y cuadros verdaderamente comprometidos con una idea de estado al servicio del individuo en todos los aspectos (educación, salud, cultura, turismo) mediante un aprovechamiento responsable de los recursos de Baja California Sur. Entre paréntesis, la idea de López Obrador al respecto (personaje notable en nuestro país, quiérase o no) sería un ejemplo claro de ello.

Aunque suene contradictorio- al menos para la idea tradicional de política basada en la inmediatez-, parece que desde la academia se puede construir una idea (o al menos dar una ayudadita) a los candidatos que constantemente dan palos de ciego al respecto: cito como ejemplos la propuesta para implantar la filosofía desde el jardín de los niños impulsada por catedráticos de la UABCS, o los diferentes tipos de aprovechamiento de la tecnología propuestos desde el ITLP, o un ejemplo particularmente contundente: la propuesta que L.A. Rojo, catedrático de historia en la universidad hace en Nietzshe 3-vcss: historias de desmothernidad y oasis (sic) ,que desde la filosofía propone el re-planteamiento del papel que juega el oasis en el entorno sudcaliforniano. Pero la inmediatez y el “ahí-se va” pueden más en el ánimo del partido en el poder.

Y en la oposición, como más adelante se vera.

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Tres ejemplos de categorías de experiencia en Reinhart Koselleck (ensayo)

El punto de partida que se toma para la construcción de cualquier visión de los acontecimientos desde la perspectiva historiográfica, se constituye de acuerdo a Reinhart Koselleck en la experiencia en tanto es reflejo y testimonio del acontecimiento mismo:

“La historia sigue siendo una ‘ciencia de la experiencia’, ya se entienda con Herodoto como ciencia e investigación o traduzca la realidad dada en expresiones históricas mediante sutiles métodos. En ambos casos se trata de una historia que articula experiencia y conocimiento. No se puede tener ni hacer una cosa sin la otra.”[1]

Para ejemplificar una tentativa de aplicación de las categorías de experiencia se propone la revisión de tres testimonios concretos de escritura de la historia en Baja California Sur:

  • La obra literaria “El otro México” de Fernando Jordán, que se ha constituido en un referente obligado para los estudiosos de los fenómenos históricos en Sudcalifornia;
  • La oralidad, expresada en el concepto de “lengua”[2] como punto de reunión de los pobladores locales; y
  • La escritura del hipertexto en tiempo real en las redes sociales (Facebook y Twitter) actualmente en boga, lo que implica una manera casi en tiempo real del saber actual de los acontecimientos.

¿Porqué hacer una distinción de la manera de escribir la historia local respecto a otras manifestaciones similares en México y el mundo? Desde los orígenes, el poblador sudcaliforniano ha convivido plenamente con el mar y el desierto, que son los elementos primigenios de su entorno. Más o menos por las mismas fechas en que aztecas, mayas, toltecas y demás tribus cruzaban experiencias mediante la guerra o el comercio, el habitante tradicional de la península disponía de un espacio particular de aparente soledad:

“En la península de California durante varios milenios se desarrolló una relación prolongada y compleja entre diversas colectividades humanas y el medio físico que les dio sustento. (…) debemos estar conscientes de que la cultura de un pueblo es algo más que una acumulación accidental de rasgos: es un todo integrado, con sus partes compatibles las unas con las otras y ajustadas entre sí. (…) la relación de los californios con su ambiente estaba dotada de elementos dinámicos que hacían posible la reelaboración constante de su identidad cultural, permitiendo que cada grupo desarrollara mecanismos que aseguraban la relativa estabilidad a través de los cambios, fueran estos de índole natural o social”[3]

Rodríguez Tomp establece en estas líneas que la experiencia de los californios cuenta con una coincidente configuración de relación con la naturaleza, y como consecuencia, el desarrollo de un cierto grado de sorpresa ante la incertidumbre del día siguiente y los que estaban por venir. Uno de los primeros testimonios respecto a la California es producto curiosamente de un elemento onírico: la primera mención documentada del nombre “California” es en el canto de Roncesvalles de la edad media, aunque el punto original del mito es constituido por las sergas de Esplandián, que configuraba una región “gobernada por una reina de nombre Calafia”; así, no es casualidad que la idea de Baja California en un principio esté asociada al mar, al desierto y al mito.[4]

El espíritu mítico ha permitido conmover las fibras más sensibles de la humanidad, dándole capacidad a lo largo del tiempo de emprender aventuras y significaciones de conocimiento; quizás esto haya impulsado a Fernando Jordán para escribir El otro México, que es producto, coincidentemente, de un viaje. No se trata de la mera epopeya protagonizada por el foráneo que, a la manera de Julio César, vino, vio y venció, sino que, a lo largo del recorrido por la Baja California inhóspita de los años 50, va desvelando esa parte escondida hasta ese momento del territorio y de la naturaleza de sus pobladores. José Gaos, en Orígenes de la filosofía y la historia fundamenta la importancia del fenómeno del viaje en la escritura de una narrativa histórica:

“El viajar saca al hombre de su vida y medio habituales (…) y es, en consecuencia, particular riesgo. La vida es sentida por el hombre como un viaje”[5]

La analogía que se hace de la idea del viaje en búsqueda del mito coincide, de acuerdo a Gaos, con la inquietud que mueve a Herodoto para documentar la guerra del Peloponeso, en donde se pone de relieve el recurso del hieros logos para hacer una bitácora que derivó en los Nueve libros de la historia. En el caso de Jordán, llama particularmente la atención el hecho de que asume el papel de “Herodoto mexicano” que, de Tijuana a La Paz, configura una realidad que encaja en la categoría koselleckiana de la sorpresa, instalada de manera consciente o inconsciente en el individuo cuando las cosas suceden de una manera distinta a la que se esperaba[6]: para el capitalino le es sorprendente encontrarse con la cercanía del mar, el ver de cerca las ballenas o experimentar el paraiso idílico en plena aridez del desierto.

Sirva como ejemplo de la experiencia el capítulo Donde se comprueba la existencia de Shangri-la de El otro México, donde Jordán, narrando como llega al pueblo de San José de Comondú, delinea mediante la mitopoiesis un breve retrato de la Sudcalifornia de hace sesenta años, y que sigue siendo tan vigente como la concepción originaria de la península: la gente vive y con-vive con su entorno:

“Huele a vino y aceite de vino. Comondú, como el paraiso de Alá, tiene un arroyo de aceite y otro de vino que, metafóricamente, cruzan toda la tierra fértil de la hondonada donde se esconde el pueblo. Comparándolo con el edén de los musulmanes, a Comondú sólo le falta el río de leche, ya que le sobran cascadas de dátiles y torrentes de higos y naranjas.”[7]

Amén de la descripción idílica que hace de la Baja California, se hace realidad en la obra de Fernando Jordán el adagio de “de la vista nace el amor” y decide pasar el resto de su vida cerca de Comondú, del Shangri-la idealizado en las líneas anteriores. ¿No marca este ámbito de sorpresa un impacto decisivo en la escritura de la historia primero, y en una decisión de vida después? Quizás la respuesta la dé el mismo Jordán en el siguiente fragmento del poema Calafia:

“Quédate aquí, pues has venido.

Si en la persecución de una ilusión

el viento te ha traído,

no hubo escala mejor para tu nave

que el de mi tierra de ilusión”[8]

Ahora, de la perspectiva del capitalino descubridor insaciable de historias surge una pregunta quizás obligada: ¿qué es lo que podría contar el otro respecto al entorno que le rodea, el mismo que convive con mar, desierto y mito? El espacio de experiencia común que no es tan “apretado” como el de la mayoría de los habitantes del interior de este país le permite al sudcaliforniano establecer lazos más estrechos de convivencia con el paisano o con el que viene de fuera. Tan es así que pareciera no conocer tradicionalmente barreras lingüísticas en su idea del otro; ejemplo de ello es la anteposición del artículo al nombre de la persona (“el Juan”, “la María”, “el Homero”), la idea de “la cura”, “la carrilla” o “la charra” como manera de romper el hielo y ganar la confianza del semejante.[9] Dicha característica permite, tomando prestado a Gadamer, crear una particular fusión de horizontes configurable en el intercambio de ideas o pretextos. A falta de nombre genérico, se le podría acuñar la denominación propuesta de “lengua”.

La importancia de la oralidad como testimonio histórico se configura en el sentido de que ésta constituye al acontecimiento: si en el caso de Jordán la fuente de El otro México fue la posibilidad de la experiencia mediante el viaje, en el caso de la “lengua” se pone en juego la categoria koselleckiana de la acumulación de la historia, puesto que supone la puesta en práctica de un código no escrito que favorece la alimentación y la retro-alimentación de los sucesos mediante el intercambio de experiencias comunes desde perspectivas diferentes.

En cuanto a la temática de las historias que se refieren en “la lengua”, los puntos discutidos por nuestros mayores giran en torno a la problemática local comúnmente: el clima, la política, la familia, entre otros factores, yendo, ya entrados en gastos, en temas de la escena nacional e internacional, del deporte a la farándula pasando por el arte de “comer prójimo” que es una expresión muy usual en estos círculos. Como muchas de las categorías de la oralidad, y dada la aparente inexistencia de barreras formales en el habla sudcaliforniana, se hace presente el mito como elemento común, desde su uso como herramienta retórica hasta móvil que da sentido a las historias que explica.

Por supuesto, el fenómeno de la oralidad implica la posibilidad –tomando prestado otro término de Koselleck- de una construcción de una historiografía “de los vencidos”. Blanca Peña Molina lo explica en los siguientes términos:

Desde Herodoto, el testimonio oral ha servido para ampliar las evidencias de los diferentes aconteceres históricos, principalmente por la carencia de una cultura escrita, siendo así una vía para la producción y transmisión de conocimientos. Sin embargo, en el siglo XIX comenzó a darse mayor ponderación a la historia plasmada en documentos o en respaldo escrito (carácter cientificista de la historia), aunque en años posteriores surgieron corrientes como la escuela de los Anales y la escuela de Chicago que pugnaron por una concepción de la historiografía que reivindicara a sectores no integrados a la sociedad (surgimiento de la historia social), mediante la oralidad como instrumento.

En muchas regiones del mundo, persiste la tradición oral como forma válida de transmisión del conocimiento (mitos, leyendas, sucesos reales o imaginarios) creando así una memoria colectiva.[10]

A partir del estudio de la oralidad como fuente histórica, Peña Molina hace una distinción entre este proceso como mero acumulador de testimonios y el testimonio como la voz de las minorías o grupos marginales que no tienen un papel destacado en la película de la vida. “La lengua” implica, pues, una democratización de la palabra semejante a la academia platónica o al foro romano, puesto que a partir de las historias individuales hay la continuidad de una historia colectiva, que quizás no sea posible documentar con todo el rigor metodológico del archivo, pero en palabras del autor de Estratos del tiempo:

“El cambio histórico se alimenta de los vencidos. En la medida que estos sobreviven, han hecho la experiencia insustituible de todas las historias que suelen discurrir de manera distinta a como lo pretenden los afectados.”[11]

A diferencia del testimonio que “la lengua” deja de manera deleble, ha surgido un fenómeno que posibilita el intercambio de experiencias de una manera “in-deleble” en la fragilidad del ciberespacio: se trata del fenómeno de las redes sociales; que a pesar de ser relativamente nuevo, Twitter y Facebook han tenido el mérito de crear una nueva forma de escribir historia y experiencia casi en tiempo real. Así, las redes sociales se han transformado en una especie de “lengua” virtual, donde los más jóvenes han tomado el papel protagónico.

Pese a que Koselleck sitúa el proceso de la re-escritura de la historia como un fenómeno que es concebible sólo a largo plazo[12], debido a que implica la revisión de testimonios que se oponen a la historia y la consecuente adaptación de una nueva metodología, las redes sociales proponen, desde 140 caracteres (el caso de Twitter) una revisión y retroalimentación casi simultáneo a la sorpresa misma. Sirva de ejemplo el secuestro del político Diego Fernández de Cevallos, donde uno de sus más cercanos amigos (el también político Manuel Espino) aseguraba en una red social que había sido encontrado el cadáver del Jefe Diego, desdiciéndose poco después.[13][14]

Amén de la posibilidad de la construcción de una historia y su correspondiente retroalimentación, en el caso de las redes sociales se dan las tres condiciones para una re-escritura del acontecimiento, a saber:

  • La existencia de nuevos testimonios (la constante actualización de los pormenores del acontecimiento);
  • La búsqueda de testimonios mediante otras preguntas (desde el acontecimiento en sí analizable desde diferentes aristas); y
  • Nuevas lecturas dadas al acontecimiento (conclusiones a priori o a posteriori referentes al mismo)

Sin embargo, el pie del que cojea Twitter en esta “simultaneidad” de la historia se constituye paradójicamente en la falta de experiencia que se tiene respecto al acontecimiento dada muchas veces la distancia física del mismo o el problema que implica la constante rumorología que se le achaca a esta situación. Tomando prestada la idea de Gaos respecto al viaje como factor de acontecimiento, podría resumirse dicha paradoja en los siguientes términos:

“La velocidad siempre creciente acaba por realizar su más perfecto contrasentido. Se trata de ganar tiempo. Pero a fuerza de ganarlo, mediante la aceleración creciente, se acaba por no hacer más que perder el tiempo” [15]

Por otra parte, y contraponiéndose a esta idea de rapidez versus veracidad, se tiene que el acontecimiento cobra un sentido de relevancia en cuanto a la conjugación de intereses particulares y se refuerza en situaciones de crisis:

“un segundo elemento a destacar es la lógica del mundo pequeño que las caracteriza (a las redes sociales), que se trastoca en las situaciones de crisis. Si normalmente las redes se forman por distintos tipos de conocidos (…) en una situación de crisis llegan multitudes de desconocidos a seguir a los blogueros y twitteros de Irán, Honduras y otros lugares, en la búsqueda de tener información de primera mano.

De ahí que un tercer elemento a destacar (sic) sea la presencia de intereses compartidos en estas redes. Por lo general hay algo que se comparte, una cierta visión del mundo, determinados intereses y más (Martín-Barbero. 2001; Baym. 2002). En estos casos, es visible la búsqueda de quienes viven la situación de crisis por expresar y compartir su experiencia, así como la búsqueda de otros sujetos por saber con precisión qué ocurre, trátese de sujetos comunes o de periodistas que requieren la información de primera mano para generar sus noticias con mayor profundidad.”[16]

Aunque no se puede establecer un juicio definitivo sobre la importancia que podrían tener las redes sociales en un ámbito historiográfico formal, es de destacar el papel que Twitter y Facebook asumirían en un futuro no muy lejano en la construcción de una visión del mundo del joven sudcaliforniano “globalizado”, que convive con mar, desierto, mito y bytes, retomando la comparación hecha en páginas anteriores. Como instrumento de difusión de la historia, aun no son muy utilizadas en el estado dichas herramientas (como no sea para fines de ocio, por lo pronto), sin embargo, queda de relieve la construcción de un nuevo espacio de experiencia desde la virtualidad, que parece estar encontrando su réplica en el mundo real.

Una característica que en fechas recientes ha caracterizado la relación del sudcaliforniano respecto a su relación con su entorno es el hecho de convivir todos los días con diferentes expresiones sociales, particularmente en las zonas consideradas como atractivo turístico (sur del municipio de La Paz y Los Cabos), dándose así un intercambio cultural equiparable en su momento histórico con la incursión de los misioneros jesuitas en la entidad, sólo que en vez de llegar con la cruz y la espada como elemento simbólico, hoy en día la metáfora se constituye en la apropiación con el letrero de “For Sale”.

Dadas las características de la región, que desde diferentes perspectivas de pasado y presente ha sido definida en términos oníricos, se abre la posibilidad de plasmar en la realidad un nuevo espacio de experiencia mediante la relación hermenéutica con el otro, tomando como pretexto la fusión de tres sub-culturas: el sudcaliforniano de a pie, el mexicano del interior y el extranjero. La consecuencia inmediata de este nuevo intercambio hermenéutico podría ser una especie de “polis choyera” donde nuevos tipos de “lengua” harían posible una manera particular de conocimiento y registro de la historia. Así se cumpliría con cabalidad aquel enunciado propuesto por Koselleck en Estratos del tiempo:

“ Escribir la historia es re-escribir”[17]

FUENTES DE CONSULTA:

  • Gaos, José. “ Orígenes de la filosofía y la historia en Herodoto”, en Obras completas, UNAM, México, 1987.
  • Jordán, Fernando. El otro México. Una biografía de la Baja California. UABC, México, 1977.
  • Koselleck, Reinhart. “Cambio de experiencia y cambio de método. Un enfoque histórico-antropológico”, en  Estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Paidós, Barcelona, 2005.
  • Peña Molina, Blanca Olivia.Historia oral y métodos cualitativos de investigación. UABCS, México, 2007.
  • Rodríguez Tomp, Rosa Elba. Cautivos de Dios: los cazadores-recolectores de Baja California durante la Colonia. CIESAS, México, 2002.
  • Sequera Meza, Antonio. La otredad en la California sureña, Editorial Praxis, México, 2003.
  • Almada Bay, Ignacio. “Nos fue como a Tácito. El fracaso y la derrota como fuentes potenciales de conocimiento histórico. La difusión de la experiencia del desengaño como recurso pedagógico“. El Colegio de Sonora- SSH. Febrero de 2008 http://portalescolson.com/boletines/247/Nos%20fue%20como%20a%20Tacito.pdf Fecha de consulta: 12 de junio de 2010.
  • Flores Márquez, Dorismilda. “La historia de la gente sin historia: ciudadanos. Redes sociales mediadas y situaciones de crisis”, Razón y Palabra (revista electrónica), México, 2009. http://www.razonypalabra.org.mx/Dorismilda.pdf Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.
  • SDPnoticias.com. “Cadáver de Jefe Diego fue encontrado en un campo militar: Espino”. http://sdpnoticias.com/sdp/contenido/nacional/2010/05/15/1003/1045071 Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.
  • Villamil, Jenaro. “La muerte lo rondó por Internet”, Proceso, México, número 1751, 23 de mayo de 2010.

[1] Koselleck, Reinhart.  Estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Paidós, Barcelona, 2005, página 46.

[2] Se denomina “lengua” en algunos pueblos de la entidad (Todos Santos, San Antonio, La Paz) a un punto de reunión donde concurrían los mayores a charlar sobre las novedades y aconteceres de la comunidad; hasta la fecha, esta manera de reunión e intercambio de experiencia continua vigente.

[3] Rodríguez Tomp, Rosa Elba. Cautivos de Dios: los cazadores-recolectores de Baja California durante la Colonia. CIESAS, México, 2002, páginas 20 y 21.

[4] Jordán, Fernando. El otro México: biografía de la Baja California. UABC, México, 1997. capítulo I.

[5] Gaos, José. Obras completas, UNAM, México, 1987.Tomo II, página 80.

[6] Koselleck, op.cit., página 50.

[7] Jordán, op.cit. Página 324.

[8] id. página 392.

[9] Esta idea de “la carrilla” o “la cura” como factor de cohesión se maneja en Sequera Meza, Antonio. La otredad en la California sureña, Editorial Praxis, México, 2003.capítulo 3.

[10] Comentario personal a Peña Molina, Blanca Olivia. Historia oral y métodos cualitativos de investigación. UABCS, México, 2007, página 10-24.

[11] Koselleck, op.cit. Página 92.

[12] Koselleck cita como ejemplo de re-escritura de la historia como un fenómeno a largo plazo la escritura de acontecimientos en Tucidides, que se diferencía notoriamente de como Herodoto con otra metodología había desempeñado la misma tarea. Koselleck, op.cit. Página 69.

[13] Para más información sobre la “influencia” de Twitter en el caso del secuestro de Fernández de Cevallos se recomienda la revisión de Villamil, Jenaro. “La muerte lo rondó por Internet”, Proceso, México, número 1751, 23 de mayo de 2010.

[14] Otra versión de los hechos se encuentra en SDPnoticias.com. “Cadáver de Jefe Diego fue encontrado en un campo militar: Espino”. http://sdpnoticias.com/sdp/contenido/nacional/2010/05/15/1003/1045071 Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.

[15] Gaos, op.cit. Página 73.

[16] Tomado de Flores Márquez, Dorismilda. “La historia de la gente sin historia: ciudadanos. Redes sociales mediadas y situaciones de crisis”, Razón y Palabra (revista electrónica), México, 2009. http://www.razonypalabra.org.mx/Dorismilda.pdf Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.

[17] Koselleck, op.cit. Página 75.

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