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El escribir sudcaliforniano

En las diferentes civilizaciones, ha ocurrido una ingente cantidad de procesos que han servido, con intención o sin ella, para moldear el panorama político y social de los mismos; desde que se tiene conocimiento de la posibilidad de plasmar por escrito los devenires de la vida diaria, se inicia fundamentalmente el concepto de historia como aquello que es susceptible de ser documentado.

Así, podría caber la siguiente pregunta: ¿Las consecuencias históricas son las que influyen en el modo de comunicar los sucesos, o viceversa? Al corresponder una posible respuesta a la historiografía, no nos queda más que acercarnos de botepronto a una respuesta atrevida y tentativa en el sentido de que la historia per se involucra una aportación directa al modo de comunicar las cosas.

En fechas recientes nuestra localidad ha sido testigo de hechos inéditos, dado el silencio cuasi virginal de hace 30 o 40 años en temas como crisis, inseguridad, carencia de valores, entre otros. Así, como extraña característica de esta Sudcalifornia como lo era su aparente tranquilidad ha sido de súbito rota. Nuevos temas como la captura de capos de la droga o la posible construcción de una mina a cielo abierto han motivado un nuevo debate sobre la realidad vigente en esta tierra.

Como es sabido, los medios de comunicación masiva, particularmente los audiovisuales, permiten al grueso de la población formarse una visión sobre los más variopintos temas y medir, a manera de rasero, de qué se apropia y qué se desecha de información; los acontecimientos mencionados anteriormente, para bien o para mal, y a su muy particular manera dejan en el sudcaliforniano común un antecedente que le permite a su vez formarse una opinión. Al ser los principales proveedores de información a nivel local la prensa escrita y la televisión (en menor medida el radio) cabe una pregunta obligada: ¿Se encuentran éstos a la altura de la historia o son simplemente rebasados por ella?

Haciendo una revisión crítica de los medios de los que disponemos, se puede advertir que tienen una fórmula en común: se hace prensa, y por ende opinión de una forma anquilosada en antiguas glorias y otras realidades, como si se pretendiera conservar a fuerza de nostalgias un statu quo ya perdido. Por ello, se hace hincapié en la necesidad de un cambio en la manera de escribir y de hacer historia, del “choyerismo” a ultranza a una nueva realidad incluyente en una sociedad que comienza a abrirse en flor a nuevos intercambios culturales.

Sirva el siguiente dato como ejemplo: en una entrevista reciente de una radiodifusora local, el titular de Protección Civil del estado hablaba sobre un asentamiento humano en la zona de San José del Cabo con cerca de ¡8 mil habitantes! Las oleadas de extranjeros y otros mexicanos en la zona donde se construye una economía de lo frívolo ¿No constituye por sí mismo un importante ejemplo de intercambio cultural, la posibilidad de una nueva construcción de horizontes?

En resumen, se hace necesario un replanteamiento de los modelos de los que disponemos para explicar la realidad, dado el contexto en el que se desenvuelve hoy en día nuestra sociedad en el estado. Las fórmulas y los lugares comunesde hace 25 o 30 años ya se han visto notoriamente agotados: una veta que podría ser explotada, a manera de sugerencia, lo constituyen las redes sociales (Twitter, Facebook), que en últimas fechas han dado un importante impulso a los medios tradicionales con una clara tendencia a la superación de los mismos. Por eso, creo en la importancia de una nueva visión del escribir sudcaliforniano, como una nueva y válida manera de hacer historia, y por ende, conocimiento.

Otro post más desde las costas de la Península Barataria.

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Retomando el mito en el logos: la informática como ejemplo

El presente texto toma como punto de partida algunas apreciaciones que planteo sobre mi experiencia previa en la carrera de licenciatura en informática en el Instituto Tecnológico de La Paz, particularmente sobre la función que desempeña el programador de sistemas, qué es lo que hace y el cómo, así como la utilidad del logos de la informática en nuestro mundo actual y la posibilidad que ella presenta para la construcción de realidades virtuales, desde las perspectivas de Ochoa Abaurre y Max Weber en particular.

De principio, cabe establecer que se parte de la premisa de una definición de mito como uno de los ingredientes que, a su manera, trata de explicar el mundo y sus realidades, y cuya existencia en nuestra “cultura de los analgésicos”, citando a Leslek Kolakowski[1], no nos debería ser ajena. No obstante, los paradigmas que se han formado sobre lo que es racional y lo que carece de ello, han llevado a descartar esa parte del mito que le atañe en cuanto a su interpretación particular de la realidad; sirva como ejemplo las políticas erigidas por el gobierno federal para la supresión de la enseñanza de la filosofía en el bachillerato[2], en aras de una visión de “lo inmediato” o lo capitalmente redituable como aquello que vale la pena perdurar y cultivar.

Así, hemos sido testigos de cómo se han derrumbado muchos de los castillos de naipes que se han construido a partir de esta premisa, obligando al técnico y al humanista a cuestionar la veracidad del desencantamiento en que vivimos, y para ello, qué mejor que desde la técnica y la ciencia dura plantear los puntos para construir un nuevo horizonte desde el cual este cuerpo de conocimientos pueda replantearse a sí misma la parte explicativa-mítica que le corresponde. Sirva este trabajo, pues, como tentativa para ello.

De acuerdo al trabajo de Ochoa Abaurre[3], en un principio la cultura griega tenía por válida la explicación que proporcionaba la mitología de la que disponían, puesto que el mito tenía dos aristas en ese momento: el fabular o contar con palabras una anécdota que por si misma estaba provista de un trasfondo que generaba o reafirmaba un conocimiento sobre las cosas. A estas aristas se les conoce como mythos-legein (relato) y hieros-logoe (discurso).

Sin embargo, gracias a la invasión de Grecia por parte del pueblo dorio, se lleva a cabo una reforma del pensamiento, que culminó en el divorcio entre ambas partes univocas del mito: ahora se distinguía entre “mito” como un concepto empleado desde ese momento en un sentido peyorativo e irracional y el “logos” como explicación racional y lógica de las cosas; de hecho, gracias a esta reforma se crea un gran salto hacia adelante en la civilización occidental que persiste hasta nuestros días, pero la otredad de los valores y los hechos que constituían la otra mitad de la moneda del mythos, fueron quedando en un aparente olvido.

Por ello, el autor propone un retorno de la frialdad del logos imperante hoy en día, a la creación de una nueva concepción del mito, echando mano de las ideas de Wilhelm Nestle al respecto, y aquí vale hacer una pregunta pertinente e interesada ¿es posible desde las hard sciences por excelencia llevar a cabo esta construcción, o mejor dicho, esta deconstrucción[4]?

Considero que la programación de software, dada mi experiencia previa en este campo, podría constituir un acercamiento a una construcción. En pleno siglo XXI, una de las aplicaciones en boga de las ciencias de la computación, primas hermanas a su vez de la matemática pura, es la capacidad de crear universos simulados dando entrada a un concepto nunca visto en la historia de la ciencia: la posibilidad de un mundo virtual. Curiosamente, dicha ventana a un universo alterno se hace o es producto de palabras.

En un trabajo anterior[5], tuve la oportunidad de definir al lenguaje de programación en cualquiera de sus formas como un código exótico provisto, a imagen y semejanza del lenguaje humano, de ortografía y gramática, de finalidad y de reglas para construir y decir las cosas. Análogamente al mito químicamente puro, se crea la posibilidad de fabular con palabras (el código exótico) con una finalidad que le es inherente (el ejecutar una instrucción, desplegar algo en pantalla, enviar algún dato): el mythos y el logos.

Sin embargo, este aspecto suele pasarse por alto en la educación tradicional del informático promedio, al que se le impone un modelo, más semejante a la receta para hacer un pastel, donde las cosas y las instrucciones son inmutables y frías, limitando la experiencia del aprendizaje de C# o de PHP, por mencionar algunos lenguajes como si de inglés o francés se tratara: se señala el que, pero no se hace énfasis en el por qué.

La programación tradicional, suele componerse de una serie de pasos que le hacen posible; uno de los teóricos de la materia, Guillermo Levine, propone la existencia de un paso cero, esto es, el inicio de la comprensión y la aprehensión de lo que se debe hacer: la esencia misma del problema, pues. Empero, dicho “paso cero” no toma al momento de fabular con el léxico exótico la dimensión que debiera tener como la linterna que nos ayude a visualizar mejor en el cuarto oscuro de la incertidumbre, o bien se le relega a un segundo plano.

¿Y cual es la consecuencia de la desaparición o terrible minimización del paso cero? Simplemente al no existir la suficiente claridad sobre el problema, de igual manera será menos claro el cómo resolverlo, y por ende, nuestros esfuerzos por hacerlo terminarán yéndose por la borda. Al igual que en la apuesta filosófica de Ochoa Abaurre, el mythos sirve como palanca o motor del logos, el fabular con palabras, y por ende entra en juego la fusión de horizontes del cara a cara entre la persona que tiene un problema (llámese en este contexto cliente, usuario o simple espectador) y aquel que puede resolverlo (entiéndase programador, informático o simple exegeta de los bytes)

Por ello, resulta preocupante que el modelo imperante en nuestra política social sea simplemente enfocada a “lo inmediato” al apoteósico lassez-faire llamado globalización en cuyo nombre (donde el dinero y el tiempo son más válidos que el pensamiento como moneda de cambio) se han propuesto barbaridades y barbarismos como la muerte de facto de la filosofía en nuestra educación media superior. Se prefiere tener simples técnicos o empleados de segunda mesa que respondan a una necesidad inmediata en vez de visionarios que usen sus potencialidades en plenitud para la construcción de un mejor modo de hacer conocimiento, de fabular con palabras, y a la vez poder hacerlo con números.

Y además dos siglos antes de nuestra era, Max Weber lanza un grito de alerta: ¡el mundo está desencantado! Parafraseando a González Galván en su ponencia sobre los conceptos de presente-pasado y presente-futuro[6], la apuesta en boga del siglo XIX era por el logos instrumental, por el triunfo de la razón tecno-científica como alma y corazón de la revolución industrial; sin embargo, dicha victoria del logos traía consigo una importante crisis de valores que parecería persiste hasta nuestros días. El “desencanto del mundo” era consecuencia directa de que el hombre ya no apela a entes mágicos o sobrenaturales a medida de que va adquiriendo un mayor dominio de los fenómenos que le rodean[7].

Paradójicamente, en plena etapa de progreso y de aparente comprensión de las herramientas racionales, el hombre se ha armado de nuevos nichos de sobrenaturalidad, esta vez desde la virtualidad que es provista desde la Internet y el mundo alterno producto del código exótico, facilitado por los nuevos exégetas de la palabra escrita: los informáticos. Pongamos como ejemplo el caso del Second Life: un sitio Web donde el usuario tiene la libertad de hacerse a su imagen y semejanza mediante la creación de avatares o bien, asumirse como alter ego de sí mismo, en literalmente, una segunda vida, como Alicias que por millones se encuentran con el Tweedledum de la incertidumbre, sólo que a diferencia del relato de Lewis Carroll, si conocen la salida del bosque, corriendo inclusive el riesgo de olvidar momentáneamente quienes son. En otra pregunta interesada, ¿no es esto otro ejemplo de “encantamiento del mundo” mediante la virtualidad?

Así, al hacer la distinción del “mundo desencantado”, Weber pone su granito de arena en el debate sobre el papel que juega el mythos para impulsar al logos, mismo que continua vigente hasta ahora; aunque quizás el hombre se encuentre en apariencia alejado del mito de dioses establecidos desde los orígenes del mismo, la recreación de un universo alterno los podría acercar, tomando un ámbito positivo del fenómeno del Second Life, a una mayor conciencia sobre quienes son y qué papel podrían desempeñar en la realidad que les corresponde, inclusive en el área académica, política y social[8]

La propuesta de Second Life, por tanto, facilita a traves de un “reencantamiento del mundo” una construcción o si se prefiere, una re-construcción del estado en el que nos encontramos en varios temas comunes al género humano: la participación ciudadana, la resolución de conflictos, el mejoramiento de nuestra relación con la tecnología y el medio ambiente, sólo por mencionar algunos. Una “manita” a la función que en su momento propusieron los dioses, pues.

Así, con estas evidencias, surge otra pregunta interesada: ¿Se puede hacer posible una deconstrucción del mito a partir de las ciencias duras? Ya se ha visto como la palabra más que la fórmula se erige, a fin de cuentas, como el elemento clave para la explicación de la problemática que se plantea, en este caso, en aquello relativo a la computación. Podría establecerse, como respuesta tentativa y retomando la comparación con Alicia a través del espejo, que la palabra y la fórmula son como el Tweedledum y el Tweedledee que suelen ser inseparables, a menos que el cascabel desgastado de la incomprensión de su entorno los divorcie en mythos y logos.

Sin embargo, ¿esta suposición puede ser válida en otras ciencias? Si tomamos como ejemplo la física o las matemáticas, el teorema dice lo mismo o más que la fórmula por sí sola. ¿Qué nos permite, tomando un ejemplo trivial, reconocer a una persona que nos encontramos un día en la calle? Ciertas características que, por supuesto, le son inherentes a nuestro cerebro a golpe de vista, y todo gracias a la imagen, al mythos que de esa persona tenemos, y cuyo resultado es el logos de darle nuestros parabienes o mandarle al carajo, de acuerdo a la circunstancia.

Así, no considero posible que mythos y logos tengan que vivir separados, ya que, como la serpiente que muerde su cola, uno se encuentra siempre con el otro, la palabra y la fórmula; de acuerdo a Kolakowski, el mito es como una “red” que atrapa los aspectos culturales de nuestro entorno para constituir una explicación cierta de lo que somos, y en consecuencia, la creación o re-creación de un cuerpo de conocimientos que deriva en aquello que llamamos ciencia. Empero, se ha tomado tradicionalmente como cierto aquello que tiene una posibilidad de aplicación práctica, desechando lo diferente como superstición o como irracionalidad. Y algunas veces, dentro de los peces que atrapa esta red figuran algunos que le podrían ser igual de comestibles al hombre de ciencia que al filósofo o al informático, al igual que aquellos de los que se alimenta tradicionalmente. Tal es la naturaleza del mythos en la ciencia y en la vida diaria.

CITAS BIBLIOGRAFICAS:


[1] Kolakowski, Leszek. La presencia del mito, Ediciones Cátedra, Madrid, 1999. En el capítulo 5, el autor define a nuestra época como la “época de la cultura de los analgésicos” debido a que una constante en la sociedad industrializada, de acuerdo a esta idea, ha sido la de mitigar o suplir el dolor.

[2] “Enerva decreto antifilosófico de la SEP”, en Revista Proceso número 1695, 26 de abril de 2009, página 63. El artículo también se cita en http://www2.uacj.mx/IIT/CULCYT/marzo-abril2009/11%20Col_Serp%20Rev_31.pdf

[3] Ochoa Abaurre, Juan Carlos. “Mito y chamanismo: el mito de la tierra sin mal en los tupi-cocama de la amazonia peruana”, en http://tesisenxarxa.net/TESIS_UB/AVAILABLE/TDX-0204103-123631/TESISOCHOA.pdf

[4] Aquí la deconstrucción la entiendo desde la perspectiva de “extraer” desde las entrañas de la ciencia una tentativa de mythos.

[5] Esta y otras ideas respecto al quehacer del informático las desarrollo en el ensayo denominado “Escribir desde la informática: una apreciación”, en proceso de publicación por la universidad.

[6] González Galván, Humberto. “Presente-pasado/presente-futuro: filosofía y formación en Baja California Sur”; Ponencia presentada en el 3er Encuentro Estatal de Antropología e Historia, en La Paz, Baja California Sur, 23 de octubre de 2009. El trabajo fue facilitado por el autor.

[7] Inclusive, en el trabajo de Eleazar Ramos Lara, señala que Weber nunca explicó suficientemente el concepto de “mundo desencantado” (página 28)

[8] De acuerdo a la revista Ciencia y Desarrollo, en Second Life lo mismo podían encontrarse cursos especializados de la UNAM o de Harvard que comités de simpatizantes del entonces candidato presidencial estadounidense Barack Obama.

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Escribir desde la informática (2 de 3)

(continúa)

El oficio del informático, así podría dividirse en dos clases: como aquellos que se limitan a ser escribas de léxicos tan exóticos como híbridos del inglés y otros, los menos, que no sólo son escribas: tratan de aprehender lo que están haciendo. Esto se debe, en gran medida , a una de las más graves vicisitudes del transcribir un software: el tiempo. Los que sabemos como se hace un programa y los pasos a seguir, en la práctica muchas veces desdeñamos la importancia de un análisis somero sobre el problema a tratar, debido a que los problemas que se plantean en el ambiente universitario son muy distintos a lo que se espera fuera de las aulas: se da más prioridad a salir del paso y cumplir con el requisito que a comprender qué es lo que se pide.

Por ello, el informático, debido a la naturaleza de su trabajo, debería ser más orfebre que obrero, puesto que si un jarrón o una escultura requieren de tiempo y de paciencia para su culminación, el software de manera análoga tendrá que ser provisto del ingrediente original propio de las obras de arte: la creatividad, aunado a la técnica y al método. Para subsanar el obstáculo del tiempo, connotados académicos en la ciencia de la computación, crearon una especie de recetas de cocina que conocemos como metodologías o pasos a seguir.

Guillermo Levine en su obra “Computación y programación moderna” hace mención de un “paso cero” en la creación de software: entender el problema o la situación1,esto es, previamente a pasar a la construcción del programa tratar de establecer los parámetros sobre los que se va a trabajar con el fin de lograr un panorama más amplio. Parafraseando a las ideas de Platón, formar “el molde” sobre el cual vamos a imaginar, comprender y después resolver la problemática que se nos propone.

Posteriormente, el autor plantea hacer un análisis, ya en función de variables y constantes propias de la programación lineal, ya en función de los objetos y procedimientos que propone la POO, cuyo resultado es un esbozo casi siempre esquematizado del cómo resolver el problema. En este paso, huelga decir que se asume que se ha imaginado y comprendido lo que se desea hacer; lo que sigue es en sí mismo un juego de idas y vueltas: el esquema se hace de manera inteligible a un determinado software compilador, que al momento de ejecutar el programa, traduce del compilador a “lenguaje intermedio” y de ahí, a unos y ceros el resultado final, requiriendo incluso de un desdoblamiento hacia el compilador y viceversa. Programa habemus.

Y de ahí surge la paradoja del oficio: si sabemos que la aplicación de prácticamente cualquier ciencia lleva consigo el inevitable sendero de seguir un método que, evidentemente, implica tiempo y esfuerzo, ¿no es una ironía que gracias al mismo tiempo muchas de las veces el método no se siga al pie de la regla?

Hay muchas metodologías al respecto de como se debe hacer un software, tantas que un espacio como éste sería insuficiente para abarcar todas, pero huelga hacer mención de dos técnicas que han estado en boga desde hace algunos años: la programación extrema (o eXtreme Programming en inglés) que en teoría pinta como para facilitar las cosas al informático promedio al dar prioridad al hacer sobre el indagar, pero en la práctica considero una apuesta arriesgada, debido a que se puede lograr funcionalidad en el software sacrificando el “paso cero” debido a la premura del procedimiento, y si un programa cojea del pie del “paso cero”, todo lo demás será en vano.

La otra técnica, cuyo uso particular se centra en el desarrollo de sistemas en Web es el ciclo de vida denominado sashimi, en analogía a la presentación del sushi en forma de rodajas que se traslapan unas con otras. Así, los diferentes pasos del procedimiento suelen mezclarse unos con otros, pudiendo hacer el “paso cero” junto con el análisis e inclusive codificar durante el diseño conceptual, por lo que sobra hacer mención de las serias dificultades que implica el programar hasta la anarquía.

Tanto la “extreme programming” como el ciclo de vida sashimi, ejemplifican de manera contundente las desventajas del hacer sobre el indagar, ya que no sólo el tiempo se muestra como obstáculo, sino que entra en juego un factor más: la confianza entre dos partes, la que toma las decisiones sobre lo que quiere, encarnada por el cliente y la otra que debe cubrir los requerimientos, encarnada en el programador de carne y hueso. ¿Qué pasa cuando no hay acuerdo entre lo que se quiere y lo que se tiene?

Por consiguiente, no debe concebirse la metodología como una panacea para eficientar el proceso de escribir, sino inducir al programador a hacer previamente un análisis detallado y tomar de ahí los elementos contingentes para plasmar, en un léxico exótico, lo que se desea hacer. El detalle es que, de acuerdo a Levine, en la formación superior del informático este es un aspecto que se cuida poco, dando prioridad al “codificar” cayendo en el síndrome del simple escriba sobre el “programar” mediante una serie de pasos rigurosos.

Otro aspecto a señalar tocante al quehacer informático es el siguiente: ¿Dónde empieza el desarrollador a aprehender el léxico en el que está trabajando? En el lenguaje de programación, como en la vida, puede haber más de una manera de decir las cosas. ¿Cómo determino yo, programador, que debo usar un “for” en vez de un “while” para hacer y dejar hacer que una instrucción se ejecute correctamente?; la elección quizás se reduzca a una mera cuestión de estética o de eficiencia. Esta constituye una analogía crucial entre el escribir con dígitos y el escribir con palabras, puesto que en el desarrollo de software hay más de una vía para expresar una idea, al igual que en el ámbito humano.

Tomemos como ejemplo la palabra “gato”. Dicha palabra por sí sola me remitiría al concepto que muchos de nosotros tenemos de estos animales: del género felino, domesticables, que maullan, entre otras características. Aunque también alude al instrumento para cambiar las llantas de los automóviles, hay una exigencia de por medio: representar, mediante una palabra, el mismo concepto del gato como felino; así tenemos las palabras minino, micifuz, etc.

En la programación promedio, nuestro “gato” sería aquello que el cliente nos solicita que haga o deje de hacer el software o página de Internet que nos ha encomendado. A diferencia de las metodologías, que tienen en común un trayecto casi semejante para hacer las cosas, el programador cuenta con el libre albedrío de llegar al quid de lo que se pide por el camino que desee, siempre y cuando cuente con el respaldo de los cánones del lenguaje que está explotando.

Finalmente, para agotar el punto relativo a las experiencias del proceso de programación, cabría hacer mención también del como el aspirante a desarrollador aprende a codificar las instrucciones, siendo este punto sin duda uno de los más cruciales para llevar a buen término en el arte de plasmar en el léxico exótico las soluciones. La interpretación que se puede construir respecto al lenguaje, a diferencia del ámbito formal de la comunicación escrita, es unívoca y cerrada, lo que constituye una peculiaridad de la programación por si misma. Tomo otro ejemplo trivial: si yo digo “el perro azul corre por la pradera”, el léxico exótico reconoce varias clases de perros pero ninguno azul, por lo que descarta la expresión. Así, el lenguaje de programación se asemeja al humano en la construcción de vías para decir las cosas, pero deja de lado la metáfora, quedando sólo en el plano de la realidad.

 


Escribir desde la informática (1 de 3)

El presente post es un intento de ensayo para efectos de un concurso interno que habrá en la UABCS de expresión literaria. Por lo pronto, el lector podrá hacer 3 distinciones:

1. Contexto histórico: el número versus la palabra

2. La actividad del informático: el quehacer al escribir el software

3. La programación como cohesión de la palabra y el número

A continuación, la primera parte y el resto en los posts siguientes.

El proceso de la expresión oral y escrita en la vida real conlleva una serie de reglas y cánones a los que, por regla general, hay que apegarse para una mejor consecución de las ideas a través de los significados. Sin embargo, hay otras clases de expresión en nuestra vida diaria, entre ellas una con la que estamos en contacto durante casi todo el tiempo: el software.

El software, a imagen y semejanza de nuestra expresión real, también se sirve de reglas y parámetros sintácticos cuyo resultado final es el programa, la página Web, el mecanismo, el funcionamiento tangible de la tecnología entendida en términos de hardware. ¿Es análoga la generación de ideas a partir de la máquina a nuestra percepción de ideas a partir de significados?

Comencemos, literalmente hablando, con la piedra angular donde el ser humano comenzó a construir su particular visión del mundo: las cavernas. No podría entenderse nuestra concepción de la historia sin escritura, por lo que hay un antes y un después desde que el homo sapiens sapiens plasmó escenas de caza o recolección en las paredes o simplemente comenzó a esbozar el concepto de Dios. De ahí surgió otra necesidad: la de cuantificar, con conceptos fijos más que con ideas al vuelo los mamuts que había cazado o los frutos producto de su faena diaria. Con la idea de cuantificar, surgió el número.

Una tarea relativamente sencilla en un principio, que podía hacerse con la suma de los dedos de las manos, y en casos extremos también los de los pies, terminó haciéndose cada vez más compleja y le fueron insuficientes al hombre los instrumentos con los que contaba en ese momento, por lo que, a la par del desarrollo del arco y la flecha y los aditamentos de labranza, se inventó para si mismo un sistema para expresar los dígitos. Por tanto, el alma mater del cómputo moderno no necesariamente se le atribuiría a la Lady Lovelace del XIX, sino a cualquier caverna perdida en el anonimato de los tiempos.

Después de milenios de historia, se inicia la transición de la piedra a materiales más maleables, tales como el cuero o el papiro hasta llegar al papel. Al mismo tiempo, la escritura comenzó a adquirir un nuevo orden: de los dibujos primitivos se pasaría a sistemas establecidos de caracteres, y en muchas culturas occidentales hasta el alfabeto.¿y la otra inquietud, la de contar? También se incorporó al concierto de las revoluciones de la época mediante otra clase de caracteres, sólo que ya no expresaban ideas, sino algo más pragmático: del dígito, cuyo padre eran los dedos de la mano etimológicamente hablando se daba el salto al número, que al igual que Cronos en el mito de la Teogonía, tomaría el poder del Júpiter del pre-conocimiento matemático1. Se comienza a distinguir, pues, entre el contar con palabras y el contar, así a secas, con números.

Como muchas cosas en la vida, las definiciones de contar fueron víctimas de la metamorfosis de los tiempos, y el uso del papel y la tinta por si mismos no iba a llenar la inquietud que siguió: el hacer los procesos de una manera más expedita, no sólo por rapidez y conveniencia simple, sino para construir una evolución de las ideas que expresaban. Gutenberg y Pascal, respectivamente, harían posible la evolución mediante la revolución expresada en la imprenta y la Pascalina.

¿Qué seguiría después? La historia es de todos conocida: el triunfo de la Pascalina como una de las bases para la revolución industrial, y posteriormente, el inicio de la era conocida como “de la información”. A pesar de que se cree, en este contexto, que la escritura parecía quedarse desfasada frente al número, ambas convergerían en un instrumento más: la computadora. Así mismo, surgiría otro Zeus que derribaría el poder del número desnudo, el dígito, pero ya no en función de los dedos de las manos, sino en señales degeneradas a unos y ceros.

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Estratos del tiempo

Todos los días son historia, diría una definición cotidiana de lo que hacemos desde que nos sale el sol hasta que desaparece en el horizonte.

Me he venido haciendo una serie de preguntas a mi mismo sobre la historia, la cotidiana, aquella que no suele aparecer en los libreros ni ser merecedora de ensayos y documentales: ¿Todos los días somos? ¿Qué diferencia hay entre el día de hoy, lo que fue ayer y lo que podría ser mañana?

Y aquí entra en juego el deja-vú, la sensación de la repetición de la historia a la que hacían mención los antiguos griegos. Coincidiría con ellos en el sentido de que un día es una paráfrasis de nuestra vida en esta tierra: nacemos, crecemos y tenemos un inevitable final.(citando una canción que oí alguna vez: mañana empieza hoy) Quizás la vida diaria si tenga la forma de una espiral o de una serpiente que muerde su cola. Pero las semanas, los meses, los años, los siglos si creo que se gobiernan mediante una estructura lineal, un principio que es trascendente a nosotros y un fin que será igual.

Dicen los que saben: una decisión suele cambiar el curso de la vida de las personas, y en mi caso confieso que no es la excepción, en particular los últimos meses. Desde tener mis primeros amoríos inconfesables con la literatura hasta el salir de la estructura cuadrada de un licenciado en informática para asumir una forma circular, la del que tiene amor al conocimiento. También cabe hacer mención, en este contexto, de los “accidentes” de reiteración propias del levantarse temprano, convivir con los compañeros, desayunar, hacer tarea, vivir, dormir, soñar.

Por tanto, todos los días son diferentes, puesto que dependiendo de como halla convivido con mis semejantes o lo que haya desayunado ese día, será la diferencia de las acciones y consecuencias posteriores de mis actos. He ahí el más simple ejemplo de historia lineal.

En cuanto a la trascendencia, pondría como ejemplo a nuestros hábitos cotidianos, casi inalterables desde que tengo uso de razón, muchos de los cuales me han antecedido y me sucederán seguramente el día de mañana. Me tomaría el atrevimiento, así, de comparar a los usos y costumbres con soldados que combaten en el campo de batalla de los tiempos, algunos viven durante milenios y otros,-una buena parte diría yo- perecen en el olvido.

Para finalizar, coincido con el autor en que las secuencias históricas, ya sea el último descubrimiento científico o la redacción de estas líneas, se nutren de elementos tanto lineales como recurrentes; en tanto, me permito cerrar citando de nuevo la canción que escuchaba un día de verano, en los albores del final de mi ciclo en el Tecnológico, en la serpiente que mordía su cola: “Mañana empieza hoy”.


Reflexiones sobre el uno de tres

Hace algunos años (bueno, en realidad tres), estaba de moda en la televisión un anuncio de conocido partido político de cuyo nombre no quiero acordarme, cuyo estribillo más popular rezaba uno de tres.
Uno de tres. Uno-de-tres. Menage a trois. (*)
Al margen de lo que creía yo de la política en aquel entonces (estaba más preocupado por terminar el proyecto de residencias en el CIBNOR), un buen día pensé: bueno, ¿y si el programador sigue esta regla de manera consciente o inclusive, inconsciente?
En base a mi experiencia personal, y al hecho de que para deshacer los entuertos propios del novato en PHP que era en ese momento requería más tiempo del estipulado para acabar con el software de dos cabezas, al día siguiente escribiría en el space del MSN la siguiente sentencia lapidaria:
“ El programador, por cada minuto que se dedica a escribir una línea de código, debería dedicarse tres minutos a pensar en lo que está programando”
Amén de algunos que no creían que esto fuera posible o al menos imaginable, con el paso del tiempo y dos años a cuestas en el fascinante y tortuoso camino del trabajar ahora y averiguar después, esta afirmación cobra de nueva cuenta la vigencia que pensaba en aquel entonces. Tendemos las personas que realizamos alguna actividad productiva, desde el hombre que barre las calles hasta el ejecutivo potentado en su torre de marfil, a despersonalizarnos de lo que estamos haciendo, a sentir que nuestro producto es totalmente ajeno y no pasará de ser un mero objeto.
Y los que se dedican a los menesteres de la programación, lamentablemente no constituyen la excepción. Hay que recordar que a diferencia de la mayoría de las profesiones, debemos de parir resultados y de interpretarlos. Así, el pensar las cosas que estamos pariendo, amigo lector, es tan necesario y vital como respirar, reír o llorar.
Vaya, si pudiera ponerlo en términos eróticos, a mi juicio programar es como hacer el amor sin preservativo para eyacular resultados, frutos, pasiones que tiendan a ser tangibles y de utilidad. Así, el programa pasa a ser casi como un hijo. ¿Se puede concebir un barrendero desatendiendo su escoba o un médico indiferente a salvar vidas?
Otro post más desde las costas de la Península Barataria.
(*) Léase sin las connotaciones sexuales características del término.

Hace algunos años (bueno, en realidad tres), estaba de moda en la televisión un anuncio de conocido partido político de cuyo nombre no quiero acordarme, cuyo estribillo más popular rezaba uno de tres.

Uno de tres. Uno-de-tres. Menage a trois. (*)

Al margen de lo que creía yo de la política en aquel entonces (estaba más preocupado por terminar el proyecto de residencias en el CIBNOR), un buen día pensé: bueno, ¿y si el programador sigue esta regla de manera consciente o inclusive, inconsciente?

En base a mi experiencia personal, y al hecho de que para deshacer los entuertos propios del novato en PHP que era en ese momento requería más tiempo del estipulado para acabar con el software de dos cabezas, al día siguiente escribiría en el space del MSN la siguiente sentencia lapidaria:

“ El programador, por cada minuto que se dedica a escribir una línea de código, debería dedicarse tres minutos a pensar en lo que está programando”

Amén de algunos que no creían que esto fuera posible o al menos imaginable, con el paso del tiempo y dos años a cuestas en el fascinante y tortuoso camino del trabajar ahora y averiguar después, esta afirmación cobra de nueva cuenta la vigencia que pensaba en aquel entonces. Tendemos las personas que realizamos alguna actividad productiva, desde el hombre que barre las calles hasta el ejecutivo potentado en su torre de marfil, a despersonalizarnos de lo que estamos haciendo, a sentir que nuestro producto es totalmente ajeno y no pasará de ser un mero objeto.

Y los que se dedican a los menesteres de la programación, lamentablemente no constituyen la excepción. Hay que recordar que a diferencia de la mayoría de las profesiones, debemos de parir resultados y de interpretarlos. Así, el pensar las cosas que estamos pariendo, amigo lector, es tan necesario y vital como respirar, reír o llorar.

Vaya, si pudiera ponerlo en términos eróticos, a mi juicio programar es como hacer el amor sin preservativo para eyacular resultados, frutos, pasiones que tiendan a ser tangibles y de utilidad. Así, el programa pasa a ser casi como un hijo. ¿Se puede concebir un barrendero desatendiendo su escoba o un médico indiferente a salvar vidas?

Otro post más desde las costas de la Península Barataria.

(*) Léase sin las connotaciones sexuales características del término.


Mis two cents sobre la huelga de la UABCS

Como algunos de ustedes saben, he decidido comenzar una nueva faceta en mi vida profesional en la UABCS desde hace un mes, por motivos que no viene al caso comentar en este espacio; lo que si cabe comentar es respecto a la huelga que tiene detenida a la máxima casa de estudios en el estado, que a su vez ha devenido en un movimiento estudiantil sin precedentes en los últimos años (pido que me corrijan si estoy equivocado en esta afirmación).

Más allá de la peregrina idea de manifestarse en pos del regreso a las aulas, habría que analizar, a mi juicio, que tanta culpa tienen en realidad los principales involucrados en el affaire financiero. Como muchos sabemos, paradojicamente desde el mismo sistema político y social actual, se está promoviendo la ignorancia y la tecnificación en aras del “saber hacer” antes del “saber pensar”. Y eso en todos lados. Si alguien de los que integra el movimiento llega a leer estas líneas, le invito a revisar el Proceso de Bolonia, recientemente aprobado en Europa.

La tendencia actual, reitero, es convertir al educando en un simple ente que se limite solamente a conocer lo “indispensable” para su aplicación práctica (quizá esto justifique barbaridades como esta).

Y pienso que este es un filón que podría explotar el movimiento estudiantil vigente en Baja California Sur: hacer una revisión crítica del molde en que se están desarrollando las condiciones educativas actuales, particularmente en la educación superior; más allá de pedir simplemente el inicio de clases, debería hacerse extensivo el indagar el porque de esta situación, más allá de filias o de fobias políticas. Ojo, no se trata de hacer política, señores: es algo tan simple como el sentido común.

En el estado, ocurre un fenómeno curioso con la mayoría de las expresiones sociales que surgen a raíz de un acontecimiento político, académico o social (destacando el movimiento magisterial en el estado como ejemplo de continuidad): tienen un punto álgido, aparecen en los medios de comunicación, realizan toda clase de manifestaciones, y cuando la situación por la que se originó dicho movimiento se resuelve o simplemente deja de “estar de moda”, se van por donde vinieron. Como el agua se pierde entre los dedos.

Por este conducto, hago una invitación como dos veces universitario y como persona a seguir echándole ganas y que no quede en simplemente buenas intenciones, sino que esta coyuntura provoque un verdadero análisis y por ende, la búsqueda de una satisfactoria solución de la situación en la escuela pública superior en el estado y en México.

Otro post más desde las costas de la Península Barataria.