2000



(1)     ¿Dónde quedó la flor que emanaba de tus labios

al alba de la cosa de la cosa del pasado?

Sería pueril, amigo mío,

no empezar esta charla

(5)     sin hablar de quien fue Aranzani.

Quizás la mejor manera de hacerlo

es describirla como principio inmanente

de Oriente y Occidente

de rosa de los vientos,

(10)  de chispa que no se apaga,

espejo de luna y fragmentos de sol rociados

al vapor nihilista de la cotidianeidad.

La duda no tiene existencia en ella, pero tampoco la certeza

tal como aquel misterio inaccesible

(15)    cerrado con siete candados

ocho incertidumbres

y nueve curiosidades.

No tenía más tatuaje que el polvo de las estrellas

ni más vanidad que la existente en los granos de la mar

(20)   es el creer en un estallido, un poema, una paradoja,

en aquello que no se pierde aunque no pueda ser visto

aunque la chingada realidad

muchas veces se empeñe en ello.

¿Cuántos instantes- entre efluvios de alcohólico recuerdo

(25)     y olvidos de marca anónima y registrada-

son trazados hacia el ser-siendo-sido?

¿Cuándo dejaremos de jugar a ser arqueólogos del pasado

y meramente lamentar el presente?

(30)     Pregúntaselo a la pueril imagen de mi mismo

que llora frente al espejo de su casa y su realidad

-como quien ha perdido el más anhelado dulce del vivir-

a la edad de dieciséis años

se preguntaba, como ahora, aunque con menos argumentos y   aspavientos

(35)      sobre cuando, Aranzani, habría de volverte a ver.

Otro post más desde las costas de la Península Barataria.


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