De Teresa Mendoza a El Ponchis: lenguaje y significación en el narco

De Teresa Mendoza a El Ponchis: lenguaje y significación en el narco
Homero Francisco
10 Diciembre 2010

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El primer contacto personal con la palabra “narcotráfico” y sus posteriores avatares, se remonta más o menos al verano del 2003, cuando comenzaba a inocular en el autor el vicio de la lectura. En el escaparate de la entonces Libros and Books -hoy Librerías de Cristal- se exhibía un autor que hasta ese momento no era tan conocido en el medio comercial de la literatura: Arturo Pérez-Reverte y su reina del sur, la inconfundible Teresa Mendoza.

En La Reina del Sur, es curiosa la metamorfosis del personaje principal,que pasa del rol clásico de la mujer que subsiste en condiciones de pobreza hasta convertirse en un elemento de peso en la metáfora del crimen que propone Pérez-Reverte, en una Culiacán ficticia, pero no por eso menos real. La parte que rescato de la obra, más allá de las vicisitudes de Teresa en el sub-mundo de la delincuencia organizada, es su encuentro en las cárceles españolas con su alter ego, Patricia O´Farrill, quien, en medio de una relación amor-odio, la introduce a un mundo alterno al que una muchacha de origen humilde y casi nula escolaridad podía aspirar : al de la lectura.

Así, La reina del sur se desdobla no sólo en la matrona del bajo mundo del narcotráfico, sino que adquiere otra corona: la de ella misma; titubeante primero, y de forma fluida después, Teresa Mendoza empieza con los libros clásicos, referente obligado para una cultura general, y luego encuentra una “identidad” como lectora. Es de llamar la atención una reflexión que el autor pone en labios de Teresa respecto a la naturaleza del lenguaje y sus múltiples interpretaciones:

“No hay dos libros iguales porque nunca hubo dos lectores iguales. Y que cada libro leído es, como cada ser humano, un libro singular, una historia única y un mundo aparte”

¡La Reina del Sur encarnada en Cratilo! Al igual que en el diálogo platónico, ella propone a su manera una construcción del mundo, a partir de un diálogo hermenéutico con las palabras y sus significados. Como Gadamer, ella propone que el texto puede hablar si nosotros tenemos los arrestos y las valentías- así en la coca como en el pisto- para preguntarle. ¿Esto no es una bofetada al maniqueísmo propuesto por Felipe Calderón y sus esbirros, en el contexto de una ficticia guerra contra el narco? ¿El Chapo Guzmán podría ser el filósofo de Badiraguato? Valdría la pena hacerse esta pregunta, creo. Si el Cochiloco en la película El infierno es capaz de establecer que “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”-explicación no tan obvia si se le analiza a fondo- ¿qué se puede esperar de alguien que tenga astucia y medios para explicarse de otra manera al mundo?

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En 2006, la revista Proceso – actualmente vilipendiada por hablar de lo que se debe callar según la lógica de Televisa- publicó una de las primeras evidencias de que el estado mexicano se hallaba en una nueva problemática: la nota de que seis personas habían sido decapitadas en Michoacán y sus cabezas arrojadas en medio de una pista de baile. La reacción inmediata fue de pasmo en “el país de no pasa nada” y, naturalmente, el de satanizar al semanario por el exceso de lo gore del momento. Aunque, tiempo después, el discurso del odio promovido por la derecha y un Felipe Calderón falto de ideas y propuestas habría un enemigo público número 1.

El único merito que se le puede atribuir en este sexenio al gobernante en turno, va más allá de los ninis, los desempleados del SME y los caídos en una conflagración sin ganador por decisión unánime. Como candidato primero, y como presidente después, Calderón ajustó su estilo de gobernar a la reflexión de Wittgenstein en el Tractatus:

“Las palabras son como manivelas, que hacen posible diversas operaciones; es como decir que un bastón puede ser usado como palanca; solamente el uso, el modo de ser usado, lo hace ser palanca”

Al promover la idea de un peligro para México en la persona de AMLO, Calderón en realidad se refiere a miles, a cientos de mexicanos cuyo único pecado fue el de haber pedido-para disgusto del establishment- transparencia, el quitarle el traje al emperador que de por sí ya estaba encuerado. Ahora imaginemos, con la credibilidad del panismo por los suelos, se buscó un nuevo molino de viento contra el que un remedo de Quijote pudiera luchar. Y ese molino fue el narcotráfico. ¿Y cómo logró consolidar dicha empresa? ¡Mediante el lenguaje!

No es casualidad que en el sexenio en turno se hayan cambiado, para disgusto de la academia popular de la lengua, algunas percepciones y palabras para ajustarlas a los intereses de la violencia legitimada por el estado: daños colaterales se les llama a familias acribilladas por la negligencia militar, bajas es la población civil víctima de daños físicos y morales, el “vamos ganando aunque no lo parezca” como reflejo de una esperanza-al estilo del michoacano- “haiga sido como haiga sido”.

¡Y pobre del que se anime a cuestionar el sofisma del calderonato! Enrique Krauze publica el 23 de marzo de 2009 en el New York Times el siguiente editorial:

The Mexican print media has not been entirely helpful either. Of course, freedom of press is essential for democracy. But our print media has gone beyond the necessary and legitimate communication of information by continually publishing photographs of the most atrocious aspects of the drug war, a practice that some feel verges on a pornography of violence. Press photos of horrors like decapitated heads provide free publicity for the drug cartels. This also helps advance their cause by making ordinary Mexicans feel that they are indeed part of a “failed state.”

Esto palabras más, palabras menos puede interpretarse así:

“Los medios impresos mexicanos no han sido enteramente amables al respecto. Por supuesto, la libertad de prensa es esencial para la democracia, pero nuestros medios impresos han ido más allá de la comunicación necesaria y legítima de la información al publicar continuamente fotografías de los aspectos más atroces de la guerra contra las drogas, una práctica que algunos sienten al borde de una “pornografía de la violencia”. Las fotos de la prensa de los horrores como las cabezas decapitadas proveen publicidad gratuita para los carteles de la droga. Esto también ayuda al avance de que los mexicanos ordinarios sientan que están formando parte de un “estado fallido”” .

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Sin embargo, y para desgracia de los mexicanos, la inevitable realidad está rebasando el mero optimismo oficialista respecto a las acciones tomadas para el combate a las drogas. Con el apogeo de las redes sociales- Twitter y Facebook-, así como de su hijo putativo Wikileaks, las fuentes de siempre han visto minado su monopolio de la verdad ante quienes-parafraseando a Kant- han ejercido una crítica de la razón violenta. Esto contrapuesto a un fenómeno significativo en últimas fechas: el uso del lenguaje para apoyar una visión del mundo al estilo western de los buenos y los malos (los feos no los cuento porque la estética es relativa al espectador).

La muerte de Arturo Beltrán Leyva supuso, dada su difusión en los medios, un hito y una metáfora de lo que sería la guerra calderónica-el pasar por encima de quien se tuviera que pasar- la saña reflejada en el cuerpo baleado del capo y adornado con billetes de alta denominación. Un ser que comió, bebió, amó, mió y hasta cagó- si se me permite esta palabra- reducido a trofeo de guerra, pagando por su crimen. Ojo: no estoy discutiendo la naturaleza de los actos de esta persona, pero habría que cuestionarse lo siguiente: ¿cómo tratar al ser humano que no es naturalmente bueno ni malo?

En otro tenor, se encuentra el caso de Edgar Jiménez Lugo, el Ponchis, un mini-sicario de apenas 14 años de edad que, con toda la tranquilidad del mundo, confesó haber mutilado por lo menos a 4 personas bajo el influjo de las drogas. En una sociedad que acepta la exhibición morbosa como manera de etiquetar al individuo- de ahí el éxito de los teletones como simulación de la virtud- el caso del Ponchis supuso terreno fértil para los juicios a priori sobre los a posteriori. Inclusive, el hecho de mostrar al mini-sicario ante los medios, supone el rebasar una barrera entre lo que se debe conocer de la nota y los derechos individuales del afectado.

Contraponiendo las dos visiones del problema del narcotráfico y de la delincuencia en general, se puede deducir el pie del que cojea la política antidrogas: el de carecer de razón desde un punto de vista hermenéutico. Por más que pataleen los Krauzes y demás apologistas del gobierno en turno, la violencia va más allá de un mero problema de percepción y de maniqueísmos del pasado, y su fundamento implica el que también paguen justos por pecadores, lo que presupone algo cercano al genocidio. Si Pérez Reverte en La reina del Sur, nos mostró que Teresa Mendoza tenía la capacidad de cuestionarse su entorno a través de la lectura, ¿no es esta una opción para deponer las armas y, literalmente, romper lanzas por la construcción de una nueva concepción del mundo a través de la imaginación? Citando al profesor universitario, en este sentido quizás tenga mayor virtud un Chapo Guzmán que se conduzca con inteligencia en el submundo del crimen organizado que un Felipe Calderón, cuya único leitmotiv es el “haiga sido como haiga sido”.

Otro post más desde las costas de la Península Barataria.

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