Archivo mensual: junio 2010

Tres ejemplos de categorías de experiencia en Reinhart Koselleck (ensayo)

El punto de partida que se toma para la construcción de cualquier visión de los acontecimientos desde la perspectiva historiográfica, se constituye de acuerdo a Reinhart Koselleck en la experiencia en tanto es reflejo y testimonio del acontecimiento mismo:

“La historia sigue siendo una ‘ciencia de la experiencia’, ya se entienda con Herodoto como ciencia e investigación o traduzca la realidad dada en expresiones históricas mediante sutiles métodos. En ambos casos se trata de una historia que articula experiencia y conocimiento. No se puede tener ni hacer una cosa sin la otra.”[1]

Para ejemplificar una tentativa de aplicación de las categorías de experiencia se propone la revisión de tres testimonios concretos de escritura de la historia en Baja California Sur:

  • La obra literaria “El otro México” de Fernando Jordán, que se ha constituido en un referente obligado para los estudiosos de los fenómenos históricos en Sudcalifornia;
  • La oralidad, expresada en el concepto de “lengua”[2] como punto de reunión de los pobladores locales; y
  • La escritura del hipertexto en tiempo real en las redes sociales (Facebook y Twitter) actualmente en boga, lo que implica una manera casi en tiempo real del saber actual de los acontecimientos.

¿Porqué hacer una distinción de la manera de escribir la historia local respecto a otras manifestaciones similares en México y el mundo? Desde los orígenes, el poblador sudcaliforniano ha convivido plenamente con el mar y el desierto, que son los elementos primigenios de su entorno. Más o menos por las mismas fechas en que aztecas, mayas, toltecas y demás tribus cruzaban experiencias mediante la guerra o el comercio, el habitante tradicional de la península disponía de un espacio particular de aparente soledad:

“En la península de California durante varios milenios se desarrolló una relación prolongada y compleja entre diversas colectividades humanas y el medio físico que les dio sustento. (…) debemos estar conscientes de que la cultura de un pueblo es algo más que una acumulación accidental de rasgos: es un todo integrado, con sus partes compatibles las unas con las otras y ajustadas entre sí. (…) la relación de los californios con su ambiente estaba dotada de elementos dinámicos que hacían posible la reelaboración constante de su identidad cultural, permitiendo que cada grupo desarrollara mecanismos que aseguraban la relativa estabilidad a través de los cambios, fueran estos de índole natural o social”[3]

Rodríguez Tomp establece en estas líneas que la experiencia de los californios cuenta con una coincidente configuración de relación con la naturaleza, y como consecuencia, el desarrollo de un cierto grado de sorpresa ante la incertidumbre del día siguiente y los que estaban por venir. Uno de los primeros testimonios respecto a la California es producto curiosamente de un elemento onírico: la primera mención documentada del nombre “California” es en el canto de Roncesvalles de la edad media, aunque el punto original del mito es constituido por las sergas de Esplandián, que configuraba una región “gobernada por una reina de nombre Calafia”; así, no es casualidad que la idea de Baja California en un principio esté asociada al mar, al desierto y al mito.[4]

El espíritu mítico ha permitido conmover las fibras más sensibles de la humanidad, dándole capacidad a lo largo del tiempo de emprender aventuras y significaciones de conocimiento; quizás esto haya impulsado a Fernando Jordán para escribir El otro México, que es producto, coincidentemente, de un viaje. No se trata de la mera epopeya protagonizada por el foráneo que, a la manera de Julio César, vino, vio y venció, sino que, a lo largo del recorrido por la Baja California inhóspita de los años 50, va desvelando esa parte escondida hasta ese momento del territorio y de la naturaleza de sus pobladores. José Gaos, en Orígenes de la filosofía y la historia fundamenta la importancia del fenómeno del viaje en la escritura de una narrativa histórica:

“El viajar saca al hombre de su vida y medio habituales (…) y es, en consecuencia, particular riesgo. La vida es sentida por el hombre como un viaje”[5]

La analogía que se hace de la idea del viaje en búsqueda del mito coincide, de acuerdo a Gaos, con la inquietud que mueve a Herodoto para documentar la guerra del Peloponeso, en donde se pone de relieve el recurso del hieros logos para hacer una bitácora que derivó en los Nueve libros de la historia. En el caso de Jordán, llama particularmente la atención el hecho de que asume el papel de “Herodoto mexicano” que, de Tijuana a La Paz, configura una realidad que encaja en la categoría koselleckiana de la sorpresa, instalada de manera consciente o inconsciente en el individuo cuando las cosas suceden de una manera distinta a la que se esperaba[6]: para el capitalino le es sorprendente encontrarse con la cercanía del mar, el ver de cerca las ballenas o experimentar el paraiso idílico en plena aridez del desierto.

Sirva como ejemplo de la experiencia el capítulo Donde se comprueba la existencia de Shangri-la de El otro México, donde Jordán, narrando como llega al pueblo de San José de Comondú, delinea mediante la mitopoiesis un breve retrato de la Sudcalifornia de hace sesenta años, y que sigue siendo tan vigente como la concepción originaria de la península: la gente vive y con-vive con su entorno:

“Huele a vino y aceite de vino. Comondú, como el paraiso de Alá, tiene un arroyo de aceite y otro de vino que, metafóricamente, cruzan toda la tierra fértil de la hondonada donde se esconde el pueblo. Comparándolo con el edén de los musulmanes, a Comondú sólo le falta el río de leche, ya que le sobran cascadas de dátiles y torrentes de higos y naranjas.”[7]

Amén de la descripción idílica que hace de la Baja California, se hace realidad en la obra de Fernando Jordán el adagio de “de la vista nace el amor” y decide pasar el resto de su vida cerca de Comondú, del Shangri-la idealizado en las líneas anteriores. ¿No marca este ámbito de sorpresa un impacto decisivo en la escritura de la historia primero, y en una decisión de vida después? Quizás la respuesta la dé el mismo Jordán en el siguiente fragmento del poema Calafia:

“Quédate aquí, pues has venido.

Si en la persecución de una ilusión

el viento te ha traído,

no hubo escala mejor para tu nave

que el de mi tierra de ilusión”[8]

Ahora, de la perspectiva del capitalino descubridor insaciable de historias surge una pregunta quizás obligada: ¿qué es lo que podría contar el otro respecto al entorno que le rodea, el mismo que convive con mar, desierto y mito? El espacio de experiencia común que no es tan “apretado” como el de la mayoría de los habitantes del interior de este país le permite al sudcaliforniano establecer lazos más estrechos de convivencia con el paisano o con el que viene de fuera. Tan es así que pareciera no conocer tradicionalmente barreras lingüísticas en su idea del otro; ejemplo de ello es la anteposición del artículo al nombre de la persona (“el Juan”, “la María”, “el Homero”), la idea de “la cura”, “la carrilla” o “la charra” como manera de romper el hielo y ganar la confianza del semejante.[9] Dicha característica permite, tomando prestado a Gadamer, crear una particular fusión de horizontes configurable en el intercambio de ideas o pretextos. A falta de nombre genérico, se le podría acuñar la denominación propuesta de “lengua”.

La importancia de la oralidad como testimonio histórico se configura en el sentido de que ésta constituye al acontecimiento: si en el caso de Jordán la fuente de El otro México fue la posibilidad de la experiencia mediante el viaje, en el caso de la “lengua” se pone en juego la categoria koselleckiana de la acumulación de la historia, puesto que supone la puesta en práctica de un código no escrito que favorece la alimentación y la retro-alimentación de los sucesos mediante el intercambio de experiencias comunes desde perspectivas diferentes.

En cuanto a la temática de las historias que se refieren en “la lengua”, los puntos discutidos por nuestros mayores giran en torno a la problemática local comúnmente: el clima, la política, la familia, entre otros factores, yendo, ya entrados en gastos, en temas de la escena nacional e internacional, del deporte a la farándula pasando por el arte de “comer prójimo” que es una expresión muy usual en estos círculos. Como muchas de las categorías de la oralidad, y dada la aparente inexistencia de barreras formales en el habla sudcaliforniana, se hace presente el mito como elemento común, desde su uso como herramienta retórica hasta móvil que da sentido a las historias que explica.

Por supuesto, el fenómeno de la oralidad implica la posibilidad –tomando prestado otro término de Koselleck- de una construcción de una historiografía “de los vencidos”. Blanca Peña Molina lo explica en los siguientes términos:

Desde Herodoto, el testimonio oral ha servido para ampliar las evidencias de los diferentes aconteceres históricos, principalmente por la carencia de una cultura escrita, siendo así una vía para la producción y transmisión de conocimientos. Sin embargo, en el siglo XIX comenzó a darse mayor ponderación a la historia plasmada en documentos o en respaldo escrito (carácter cientificista de la historia), aunque en años posteriores surgieron corrientes como la escuela de los Anales y la escuela de Chicago que pugnaron por una concepción de la historiografía que reivindicara a sectores no integrados a la sociedad (surgimiento de la historia social), mediante la oralidad como instrumento.

En muchas regiones del mundo, persiste la tradición oral como forma válida de transmisión del conocimiento (mitos, leyendas, sucesos reales o imaginarios) creando así una memoria colectiva.[10]

A partir del estudio de la oralidad como fuente histórica, Peña Molina hace una distinción entre este proceso como mero acumulador de testimonios y el testimonio como la voz de las minorías o grupos marginales que no tienen un papel destacado en la película de la vida. “La lengua” implica, pues, una democratización de la palabra semejante a la academia platónica o al foro romano, puesto que a partir de las historias individuales hay la continuidad de una historia colectiva, que quizás no sea posible documentar con todo el rigor metodológico del archivo, pero en palabras del autor de Estratos del tiempo:

“El cambio histórico se alimenta de los vencidos. En la medida que estos sobreviven, han hecho la experiencia insustituible de todas las historias que suelen discurrir de manera distinta a como lo pretenden los afectados.”[11]

A diferencia del testimonio que “la lengua” deja de manera deleble, ha surgido un fenómeno que posibilita el intercambio de experiencias de una manera “in-deleble” en la fragilidad del ciberespacio: se trata del fenómeno de las redes sociales; que a pesar de ser relativamente nuevo, Twitter y Facebook han tenido el mérito de crear una nueva forma de escribir historia y experiencia casi en tiempo real. Así, las redes sociales se han transformado en una especie de “lengua” virtual, donde los más jóvenes han tomado el papel protagónico.

Pese a que Koselleck sitúa el proceso de la re-escritura de la historia como un fenómeno que es concebible sólo a largo plazo[12], debido a que implica la revisión de testimonios que se oponen a la historia y la consecuente adaptación de una nueva metodología, las redes sociales proponen, desde 140 caracteres (el caso de Twitter) una revisión y retroalimentación casi simultáneo a la sorpresa misma. Sirva de ejemplo el secuestro del político Diego Fernández de Cevallos, donde uno de sus más cercanos amigos (el también político Manuel Espino) aseguraba en una red social que había sido encontrado el cadáver del Jefe Diego, desdiciéndose poco después.[13][14]

Amén de la posibilidad de la construcción de una historia y su correspondiente retroalimentación, en el caso de las redes sociales se dan las tres condiciones para una re-escritura del acontecimiento, a saber:

  • La existencia de nuevos testimonios (la constante actualización de los pormenores del acontecimiento);
  • La búsqueda de testimonios mediante otras preguntas (desde el acontecimiento en sí analizable desde diferentes aristas); y
  • Nuevas lecturas dadas al acontecimiento (conclusiones a priori o a posteriori referentes al mismo)

Sin embargo, el pie del que cojea Twitter en esta “simultaneidad” de la historia se constituye paradójicamente en la falta de experiencia que se tiene respecto al acontecimiento dada muchas veces la distancia física del mismo o el problema que implica la constante rumorología que se le achaca a esta situación. Tomando prestada la idea de Gaos respecto al viaje como factor de acontecimiento, podría resumirse dicha paradoja en los siguientes términos:

“La velocidad siempre creciente acaba por realizar su más perfecto contrasentido. Se trata de ganar tiempo. Pero a fuerza de ganarlo, mediante la aceleración creciente, se acaba por no hacer más que perder el tiempo” [15]

Por otra parte, y contraponiéndose a esta idea de rapidez versus veracidad, se tiene que el acontecimiento cobra un sentido de relevancia en cuanto a la conjugación de intereses particulares y se refuerza en situaciones de crisis:

“un segundo elemento a destacar es la lógica del mundo pequeño que las caracteriza (a las redes sociales), que se trastoca en las situaciones de crisis. Si normalmente las redes se forman por distintos tipos de conocidos (…) en una situación de crisis llegan multitudes de desconocidos a seguir a los blogueros y twitteros de Irán, Honduras y otros lugares, en la búsqueda de tener información de primera mano.

De ahí que un tercer elemento a destacar (sic) sea la presencia de intereses compartidos en estas redes. Por lo general hay algo que se comparte, una cierta visión del mundo, determinados intereses y más (Martín-Barbero. 2001; Baym. 2002). En estos casos, es visible la búsqueda de quienes viven la situación de crisis por expresar y compartir su experiencia, así como la búsqueda de otros sujetos por saber con precisión qué ocurre, trátese de sujetos comunes o de periodistas que requieren la información de primera mano para generar sus noticias con mayor profundidad.”[16]

Aunque no se puede establecer un juicio definitivo sobre la importancia que podrían tener las redes sociales en un ámbito historiográfico formal, es de destacar el papel que Twitter y Facebook asumirían en un futuro no muy lejano en la construcción de una visión del mundo del joven sudcaliforniano “globalizado”, que convive con mar, desierto, mito y bytes, retomando la comparación hecha en páginas anteriores. Como instrumento de difusión de la historia, aun no son muy utilizadas en el estado dichas herramientas (como no sea para fines de ocio, por lo pronto), sin embargo, queda de relieve la construcción de un nuevo espacio de experiencia desde la virtualidad, que parece estar encontrando su réplica en el mundo real.

Una característica que en fechas recientes ha caracterizado la relación del sudcaliforniano respecto a su relación con su entorno es el hecho de convivir todos los días con diferentes expresiones sociales, particularmente en las zonas consideradas como atractivo turístico (sur del municipio de La Paz y Los Cabos), dándose así un intercambio cultural equiparable en su momento histórico con la incursión de los misioneros jesuitas en la entidad, sólo que en vez de llegar con la cruz y la espada como elemento simbólico, hoy en día la metáfora se constituye en la apropiación con el letrero de “For Sale”.

Dadas las características de la región, que desde diferentes perspectivas de pasado y presente ha sido definida en términos oníricos, se abre la posibilidad de plasmar en la realidad un nuevo espacio de experiencia mediante la relación hermenéutica con el otro, tomando como pretexto la fusión de tres sub-culturas: el sudcaliforniano de a pie, el mexicano del interior y el extranjero. La consecuencia inmediata de este nuevo intercambio hermenéutico podría ser una especie de “polis choyera” donde nuevos tipos de “lengua” harían posible una manera particular de conocimiento y registro de la historia. Así se cumpliría con cabalidad aquel enunciado propuesto por Koselleck en Estratos del tiempo:

“ Escribir la historia es re-escribir”[17]

FUENTES DE CONSULTA:

  • Gaos, José. “ Orígenes de la filosofía y la historia en Herodoto”, en Obras completas, UNAM, México, 1987.
  • Jordán, Fernando. El otro México. Una biografía de la Baja California. UABC, México, 1977.
  • Koselleck, Reinhart. “Cambio de experiencia y cambio de método. Un enfoque histórico-antropológico”, en  Estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Paidós, Barcelona, 2005.
  • Peña Molina, Blanca Olivia.Historia oral y métodos cualitativos de investigación. UABCS, México, 2007.
  • Rodríguez Tomp, Rosa Elba. Cautivos de Dios: los cazadores-recolectores de Baja California durante la Colonia. CIESAS, México, 2002.
  • Sequera Meza, Antonio. La otredad en la California sureña, Editorial Praxis, México, 2003.
  • Almada Bay, Ignacio. “Nos fue como a Tácito. El fracaso y la derrota como fuentes potenciales de conocimiento histórico. La difusión de la experiencia del desengaño como recurso pedagógico“. El Colegio de Sonora- SSH. Febrero de 2008 http://portalescolson.com/boletines/247/Nos%20fue%20como%20a%20Tacito.pdf Fecha de consulta: 12 de junio de 2010.
  • Flores Márquez, Dorismilda. “La historia de la gente sin historia: ciudadanos. Redes sociales mediadas y situaciones de crisis”, Razón y Palabra (revista electrónica), México, 2009. http://www.razonypalabra.org.mx/Dorismilda.pdf Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.
  • SDPnoticias.com. “Cadáver de Jefe Diego fue encontrado en un campo militar: Espino”. http://sdpnoticias.com/sdp/contenido/nacional/2010/05/15/1003/1045071 Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.
  • Villamil, Jenaro. “La muerte lo rondó por Internet”, Proceso, México, número 1751, 23 de mayo de 2010.

[1] Koselleck, Reinhart.  Estratos del tiempo: estudios sobre la historia, Paidós, Barcelona, 2005, página 46.

[2] Se denomina “lengua” en algunos pueblos de la entidad (Todos Santos, San Antonio, La Paz) a un punto de reunión donde concurrían los mayores a charlar sobre las novedades y aconteceres de la comunidad; hasta la fecha, esta manera de reunión e intercambio de experiencia continua vigente.

[3] Rodríguez Tomp, Rosa Elba. Cautivos de Dios: los cazadores-recolectores de Baja California durante la Colonia. CIESAS, México, 2002, páginas 20 y 21.

[4] Jordán, Fernando. El otro México: biografía de la Baja California. UABC, México, 1997. capítulo I.

[5] Gaos, José. Obras completas, UNAM, México, 1987.Tomo II, página 80.

[6] Koselleck, op.cit., página 50.

[7] Jordán, op.cit. Página 324.

[8] id. página 392.

[9] Esta idea de “la carrilla” o “la cura” como factor de cohesión se maneja en Sequera Meza, Antonio. La otredad en la California sureña, Editorial Praxis, México, 2003.capítulo 3.

[10] Comentario personal a Peña Molina, Blanca Olivia. Historia oral y métodos cualitativos de investigación. UABCS, México, 2007, página 10-24.

[11] Koselleck, op.cit. Página 92.

[12] Koselleck cita como ejemplo de re-escritura de la historia como un fenómeno a largo plazo la escritura de acontecimientos en Tucidides, que se diferencía notoriamente de como Herodoto con otra metodología había desempeñado la misma tarea. Koselleck, op.cit. Página 69.

[13] Para más información sobre la “influencia” de Twitter en el caso del secuestro de Fernández de Cevallos se recomienda la revisión de Villamil, Jenaro. “La muerte lo rondó por Internet”, Proceso, México, número 1751, 23 de mayo de 2010.

[14] Otra versión de los hechos se encuentra en SDPnoticias.com. “Cadáver de Jefe Diego fue encontrado en un campo militar: Espino”. http://sdpnoticias.com/sdp/contenido/nacional/2010/05/15/1003/1045071 Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.

[15] Gaos, op.cit. Página 73.

[16] Tomado de Flores Márquez, Dorismilda. “La historia de la gente sin historia: ciudadanos. Redes sociales mediadas y situaciones de crisis”, Razón y Palabra (revista electrónica), México, 2009. http://www.razonypalabra.org.mx/Dorismilda.pdf Fecha de consulta: 17 de junio de 2010.

[17] Koselleck, op.cit. Página 75.

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