Archivo mensual: diciembre 2008

Al día siguiente no murió nadie

En días recientes se ha hablado del papel que el Estado mexicano debería asumir en el combate a la inseguridad, de acuerdo al pomposamente llamado “plan de los 100 días” o algo así; entre las propuestas al respecto destaca la necesidad- artificial, en mi opinión- de reimplantar la polémica pena de muerte a los secuestradores. ¿En realidad se requiere de un paliativo o basta hacer algo más definitivo en el modelo político y social del país?

A casi nadie de los que leen estas líneas les es desconocido la situación actual sobre los índices de delincuencia en muchas ciudades y pueblos de México; actualmente en muchas partes, incluso en aquellos lugares donde no era tan característico dicho fenómeno es difícil salir a la calle sin tener desasosiego. Por un lado la preocupación cotidiana de la gente de a pie, por el otro la alimentación premeditada del morbo traducido en ventas y rating de notas sensacionalistas o scores sin escrúpulos, es imposible banalizar una verdad de Perogrullo: algo está pasando.

Y cuando algo está pasando en el seno de la sociedad, la clase política se ha caracterizado por sexenios por minimizar el problema o bien de atacarlo de la manera más deficiente (recuérdese el “Ni los veo ni los oigo”, el “¿Y yo por qué?”, o el más recientemente teorema del catarrito crónico de la economía). Un claro ejemplo de esto es la polémica propuesta de revivir la pena de muerte en el estado de Coahuila, aprobada recientemente por el congreso local. Esta decisión, evidentemente ha causado ámpula en la opinión pública, a favor o en contra. El águila o sol característico de la cosa pública.

En primer lugar, la situación obliga a un serio análisis donde se está omitiendo, para bien o para mal, la pregunta necesaria, el santo quid del asunto: ¿Por qué?; no olvidemos que a lo largo de la historia, el sistema de impartición de justicia ha sido más conocido por su proclividad a proteger la impunidad en aras de mantener el status quo de los que se enriquecen a costa del dolor del populacho.

Si, ciertamente es reprobable cuando uno se entera de secuestros, asesinatos, “fusilamientos” y “levantones” en masa y desearía, como cualquier ser humano con pros y contras, que algo contundente pasara para acabar con el problema, y más aun si dicho desaguisado se vive en carne propia. Ciertamente es fácil irse con la finta de adoptar soluciones simplistas como la pena de muerte, pero si tomamos la premisa mencionada líneas atrás sobre la característica más infame del sistema judicial, suena irresponsable si consideramos el riesgo de emitir juicios a priori sobre alguien inocente o la simple conveniencia de cobrar facturas de corte personal o político.

Es difícil ver una solución viable en el corto plazo, pero creo que la clave del asunto está en un renglón que se ha descuidado considerablemente a últimas fechas: la valoración del individuo en la sociedad y el significado de conceptos tan reales como ciertos como ética, responsabilidad, libertad y sobre todo, conciencia del entorno. A la larga, es más viable replantear sobre el modelo social que se trata de inculcar al ser humano desde las aulas, que la construcción de cárceles, centros de rehabilitación o ghettos donde se trate al individuo como un ser más cercano al cerdo que al homo sapiens. Sabemos que el delincuente, secuestrador, asesino o violador no siente muchas de las veces placer mismo en su conducta, sino la “satisfacción” de una necesidad que se ha visto imposibilitado de cubrir por las vías convencionales, que en varias ocasiones son taponadas por malas decisiones sociales y políticas.

Asimismo, por su parte el Estado debe predicar con el ejemplo, no sólo castigando la impunidad en pequeño, sino también aplicando todo el rigor de la ley a los delincuentes de los que no hablan los grandes medios: los de cuello blanco, los que explotan la condición humana y sobre todo, los que lucran con la necesidad del individuo sin mayor escrúpulo. De lo contrario, se corre el riesgo de que se haga una paráfrasis de la cita de otro afectado por la delincuencia, de Alejandro Martí: “si no pueden los corremos”.

Otro post más desde las costas de la Península Barataria.

REFERENCIAS:


Ensayo de un crimen

Lágrimas invisibles
empañan el raído vaho
de la noche
   – que se secó de enjugar
     toda la lástima.

La cardenalicia oscuridad
que enluta a los ángeles caídos
suelta su estertor
   – y una puñalada sangrante
    hiere un casquivano corazón.

Pululan pálidas sirenas
en esta grama que llamamos tierra.

Mientras tanto, rezo un viejo credo
donde la muerte es posible
y el desasosiego es imposible.

 

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Mis pininos con Photoshop 1.0

ensayo de un crimen

 

Ver arriba la versión en texto.

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